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Se cumple un año de la desaparición de Sebastián Gil y todavía no se sabe nada

Ni sus familiares ni la Justicia han podido recabar información valiosa sobre su paradero. Pero la esperanza de su padre sigue férrea en la búsqueda.

Sebastián Gil se fue de su casa en octubre del año pasado y nunca más volvió.
por El Chorrillero / San Luis
Actualizada: 08/10/2017 16:48
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Sebastián Vicente Gil tenía 34 años la última vez que se lo vio, y en dos días cumpliría 35. Pero en realidad hoy es la fecha más importante para sus allegados, porque el 8 de octubre del 2016 el hombre se iba de su casa.

Su rostro, su remera de Boca Juniors y su jeans celeste claro quedaron grabados en las retinas de sus hijos de 7, 8, 10 y 11 años y su esposa que lo vieron salir del hogar, en el barrio 500 Viviendas Sur, sin saber que nunca más volverían a tener noticias de él.

Durante la noche del 7 de octubre del año pasado el muchacho discutió con su mujer, Soledad Sarmiento y se fue deprimido a beber con sus amigos. Su padre, Alfredo Gil, lo encontró alrededor de las 10 del otro día y lo llevó a su domicilio. De Allí Sebastián volvió a irse, esa vez para siempre.

Aparte de la pelea con su pareja, tanto amigos como familiares coinciden en que arrastraba un estado depresivo desde que murió su madre el 11 julio del 2016.

El padre de Sebastián es quien impulsa la búsqueda e incansablemente va todas las semanas al Poder Judicial para seguir el curso de las investigaciones que encabeza el juez Sebastián Cadelago Filippi.

“Lo voy a buscar toda mi vida, donde me dicen que puede haber una posibilidad voy, fui a tantos lados”, cuenta con resignación y piensa “es un dolor indescriptible”.

El buzón de voz del celular “debe tener un millón de mensajes míos” reconoce su padre que no puede evitar llamarlo. Una y otra vez le responde el contestador automático.

“Con mis hijos no sabemos qué hacer, recurrimos a Ong´s de Buenos Aires, a las redes sociales, pero no hay nada, nadie lo vio, sólo me queda rogar a Dios”, relata.

La denuncia la realizó Sarmiento, a las 48 horas de su desaparición, en la Comisaría 41° e inmediatamente comenzaron los rastrillajes en la zona, pero sobre todo en los espejos de agua, más cercanos a la capital, siguiendo la posibilidad de un suicidio.

El hombre se desempeñaba en SerBa y por las tardes realizaba trabajos como plomero y gasista, acompañando a su padre. A 365 días de su desaparición se sabe lo mismo que el primer día: nada.

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