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El Cantisani; de quintas y frutales al recuerdo de los carnavales “chayando”

Inaugurado en 1973, es uno de los lugares más característicos de la ciudad. Conforma un núcleo de vecinos que se conocen “desde hace más de 40 años” y que a pesar del paso del tiempo conservan intactas sus costumbres pueblerinas en medio de la capital.

por El Chorrillero / San Luis
Actualizada: 22/04/2018 08:04
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Al transitar la calle Chacabuco en sentido sur, se llega a la intersección de avenida Julio Roca y allí se percibe un cartel que anuncia la bienvenida al Barrio Cantisani. El trazado urbanístico de las casas está en el corazón del Barrio Policial Sur, es decir, que este lo rodea.

Sin embargo los límites no están internalizados, sino que “se comparte la zona”. Incluso la plaza Armada Argentina que se ubica en el Barrio Policial, es compartida “por una línea imaginaria”.

Nelly Villegas dialogó con al equipo de elchorrillero.com en la puerta de su casa. La gentileza espontánea con la que recordó los años de su barrio, se reflejó en el margen de las veredas en las que asomaban otras vecinas en sus quehaceres cotidianos.

“Es un barrio muy tranquilo, nosotros estamos desde 1970, antes de la entrega. En aquellos años todo era un río con terrenos destinados para los animales, plantaciones de damascos, eran quintas que pertenecían a la familia Nicotra”, recordó la mujer.

La señal de llegada al barrio en calle Chacabuco y Julio A. Roca.

Villegas, quien llegó a San Luis desde Zanjitas en su juventud junto a su familia para poder trabajar y estudiar, estuvo  alquilando previamente hasta que compraron un terreno en el Cantisani. Hoy hace más de 40 años que pasa sus días en el lugar, del mismo modo que la mayor parte de quienes habitan alrededor.

La tranquilidad la percibe cualquiera que recorre las calles. La paz se entremezcla con la limpieza, el pasto corto, las casas cuidadas; sólo contrasta con unos pocos hogares que exhiben las marcas del paso del tiempo y los cordones que son el morada de un Torino, un Renault 12 y un Falcon, que se sostienen en  ladrillos como si fueran una máquina del tiempo en medio del barrio.

Una de las amplias calles es la morada de un Renault 12 y un Falcon.

Caminando por las amplias calles, se llega a la plaza Armada Argentina, una construcción que simula una fragata y que en su momento supo tener una vela.

José Melián, que vive “en el límite” de los dos barrios, desde en el living de su casa compartió recuerdos de los primeros años y coincidió con Villegas: “acá reina la tranquilidad”.

“Hace unos 43 años que estoy viviendo aquí. Al Cantisani lo rodea el Policial Sur, está en el centro digamos”, explicó mientras aseguraba que en la zona “no hay divisiones” entre barrios sino que son “una misma zona”.

Melián sostuvo que la paz existió desde sus orígenes, y que probablemente en la actualidad se deba a que la mayor parte de los vecinos son personas que oscilan los 70 años. El bullicio se escucha los domingos, con los asados y las visitas de los nietos.

“La vida era muy buena, al igual que en la actualidad. Antes se jugaba mucho al fútbol, se practicaban deportes, se organizaban caminatas, carreras de bicicleta, eso lo hacía una comisión que presidía una señora Castillo. La idea era que la juventud tomara gusto por la actividad física, incluso recuerdo que en 1992 se hizo un evento de paracaidismo donde los saltos culminaban en la plaza. A los vecinos les gustaba”, aseguró.

Esas etapas donde las comisiones también preparaban los días del niño o festejos por la patria, fueron perdiéndose con el paso del tiempo debido “a las rutinas”. Lo que siempre perduró es la plaza compartida.

“Era muy concurrida, venían los novios y se sacaban fotos, hay varias historias de amor ahí. Estaba muy bien cuidada. La Armada en esos años le entregó a la Municipalidad 45 banderas que se ponían en un mástil, siempre se hacía para septiembre-octubre, era muy impactante para la gente que venía, pero eso se fue perdiendo también”, contó.

Plaza Armada Argentina.

Carnaval y tardes de niños jugando

Entre las anécdotas que buscó reflejar Villegas, la de los carnavales ocupó un lugar de importancia. Ese fue el puntapié para desglosar los años de un vecindario de familia, inaugurado en la gestión del gobernador Elías Adre, entre algunos pequeños árboles y “una pavimentación momentánea”. Pero presente en la actualidad de los que aún vivencian su cotidianidad, e incluso de los que compran las cualidades de “los que van dejando este mundo”.

“Yo era muy juguetona, traviesa, estábamos chayando, se jugaba con baldes y no con ese peligro de la bombita llena de sal. Era una época linda, una bella juventud. Se disfrutaba más. Salíamos todos los vecinos para diferentes barrios como el de La Merced, el Defensores, el Maipú”, Recordó Nelly Villegas.

Miguel Escudero es un vecino particular del barrio. A él se le manifestó la Virgen de la Cobrera, hoy muy venerada por los sanluiseños. A la hora de recordar, también resaltó los carnavales.

El ex policía que llegó de Quines para conducir la fuerza de seguridad en los años ’90, dijo que se “siente parte de los dos”, en referencia al Cantisani y el Policial Sur.

“Se celebraban hace algunos años en la calle Chubut pero eso dejó de hacerse, nos convocábamos todos, era muy lindo. Se les daba participación sobre todo a los niños en pequeñas murgas, cosas que organizaba el barrio, y los padres nos congregábamos allí y disfrutábamos de todo eso. Se adornaban las calles con guirnaldas, pero se dejó de hacer hace unos 20 años, después se trasladaron a la vereda de la avenida Roca y ahí fue lo último que se hizo, el carnaval era nuestro, del barrio”, indicó Escudero.

Una mañana en el barrio.

Las tardes de los niños también brotaron de su boca como lindos recuerdos: “Jugaban en la plaza, compartían la canchita de fútbol, a veces se hacían actos en los que venían las bandas del Ejército y la Policía, era un momento aglutinante para la gente, en particular para las madres y sus niños”.

La peluquería de Rubén: un clásico del barrio

Además de caracterizarse por su casi eterna paz y la camaradería que se respira entre casa y casa, también hay otra faceta: la comercial. Locales de comida como el de “El Rafa”, un estudio contable, el frigorífico Saja y las clásicas mercerías aparecen por las extensas cuadras.

Pero entre todos ellos se destaca una peluquería masculina que perduró con el pase del tiempo y sobrevivió a todas las crisis: el “Salón Ruben’s”, de Rubén Becerra.

Heredado de su padre, Becerra se inició en el oficio en 1976 cuando regresó a la provincia luego de muchos años en Buenos Aires. Las sillas típicas de barberías hechas de metal, las afiladas de cuchillas y navajas, y las charlas amenas con los clientes hacen del lugar un sitio único.

“Acá vive gente que es excelente, tranquila, es decir buenas personas”, valoró.

Según recordó, cerca de la década del ‘50 su padre adquirió el terreno y edificó la casa. Con el paso del tiempo montó una primera peluquería en la esquina de avenida Julio A. Roca y Mitre, pegada al actual local.

Durante esa época, resaltó con orgullo que la vivienda paterna fue la primera en toda la zona rural de ese entonces. Con los años fue avanzando y cambiando constantemente hasta alcanzar la construcción que hoy tiene.

Con una sonrisa habló de cuando en su niñez jugaba entre los árboles de damascos y duraznos: “Lo primero que recuerdo es cuando comíamos las frutas de la quinta, eso mucho no le gustaba a Don Nicotra y siempre nos sacaba de sus tierras”.

Además fue músico y recorrió gran parte de la Argentina ganándose la vida. Compartió escenarios junto a artistas como María Ofelia, Chango Nieto, Carlos Torres Vila, Ricardo “Chiqui” Pereyra y los hermanos Gatica.

Esa parte de su vida nunca quedó atrás y cada tanto la trae de vuelta como peluquero. Por pedido o por propia iniciativa saca la guitarra y las notas brotan como si nada cuando entona canciones de tango y folklore.

La atención que brinda a sus clientes, que en realidad los ubica en el escalón de “familia”, es casi personalizada: “La peluquería no es un consultorio médico donde uno espera a ser atendido y se va. La gente viene y participa, entra a la charla, tiramos el hilo y entran a discutir como un ping pong”.

Rubén Becerra continuó el oficio de su padre en 1976. Tuvo como clientes al Búfalo Funes y al actual gobernador Alberto Rodríguez Saá.

Parte del espíritu del barrio se ve reflejada allí, hay ocasiones que Becerra se entera que clientes de más de 40 años fallecieron. “A veces vinieron los hijos ya de grandes y dicen que sus padres murieron, me pasó en cientos de casos”.

Durante la visita que le hizo El Chorrillero sacó una agenda muy particular. En ella guarda más de 10 fotos con personalidades de distintos ámbitos. Desde músicos, pasando por deportistas, hasta políticos como el ex presidente Carlos Menem.

Incluso Juan Gilberto Funes fue cliente de su padre. “Le cortaba el pelo cuando era chiquito. Recuerdo que vivían a cuatro cuadras de acá. Siempre me acuerdo que desde chico le gustaron los fierros, pero después parece que la historia fue otra cosa con la suerte de llegar al fútbol grande y ser ídolo de San Luis”.

Si bien la gran mayoría de sus clientes son vecinos y personas allegadas, tiene un servicio que va desde efectivos policiales, profesionales de distintos medios, y hasta el actual gobernador Alberto Rodríguez Saá durante una época supo contar con el profesionalismo de Becerra.

La Virgen de la Cobrera, la aparición que entrelazó los barrios

Miguel Escudero tiene su casa en el Barrio Policial Sur, sitio donde en sueños se le manifestó la Virgen de la Cobrera en el año 1994. Sin embargo él se siente parte “de los dos” y su experiencia de fe de alguna manera unió lazos entre los barrios que se separan por una calle casi imperceptible.

“Somos todos uno, somos todos vecinos, conocidos, simplemente un barrio se construyó primero y luego el otro, nos separa sólo la distancia de vereda a vereda”, destacó.

Escudero, quien abrió las puertas de su casa recordó que no es fácil explicar lo que sucede en la intimidad de la familia, pero aseguró que bajo “la instrucción de la Virgen” cumple “una misión”.

“Esto se mantuvo en privado durante 15 años hasta que la Virgen nos indicó qué es lo que quería hacer en esta tierra. Con el tiempo y tras una mejoría que tuvo mi difunta esposa, le preguntamos cómo podíamos agradecerle y nos dijo que hiciéramos una imagen de 1,30 de altura y la dejáramos en el ‘campo de vuestros amigos’. Es así que ahora está en un terreno donado por Miguel Quiroga a 60 kilómetros de aquí”, explicó.

“Lo que se destaca del barrio es en primer lugar la cercanía con el centro, hay una comodidad que te permite no desplazarte mucha distancia, eso también hace a la seguridad. Luego la idiosincrasia de la gente, la mezcla de profesiones, obreros, hay de todo, y esa armonía la disfrutamos porque no hay competencia de ningún tipo. También la aparición de la Virgen en esta casa, a nivel barrial nos ha acompañado”, dijo.

El Cantisani desde el drone de El Chorrillero.

La seguridad, un valor que poco a poco se pierde

Los vecinos mantienen la idea de que la paz que se percibe en el barrio se mantiene desde sus orígenes, en los últimos años se ha ido perjudicando por “gente que viene de afuera” o por el aumento de los accidentes de tránsito.

“Muchas veces el deterioro lo sufrimos por quienes ingresan con otra idea, a causar destrozos. La Policía recorre las calles durante el día, pero por la noche no frecuentan mucho”, aseguró Melián.

“La  otra noche eran las 4 y se había juntado una patota; usted tiene que trabajar al otro día y el bullicio impide descansar, eso es lo que nosotros no queremos sufrir, queremos que la Policía o a quien le competa, tome los recaudos necesarios para que eso se pueda solucionar”, agregó.

Becerra advirtió otro problema: los choques que ocurren en la avenida Roca.

“A veces renegamos también porque ocurren muchos accidentes en la esquina de la avenida y Mitre o en la intersección con Chacabuco. Menos mal que pusieron un semáforo en la calle Rivadavia, tendrían que prevenir un poco más, a veces esto es una autopista, pasan las motos que dan miedo”, aseguró.

El barrio hoy por hoy

Da la sensación de ser un pueblito en medio de la capital puntana, aunque según coincidieron los vecinos algunas cosas se fueron extinguiendo.

El movimiento por la avenida Julio A. Roca.

“Antes se estilaba saludar a los vecinos en las fiestas, pero se saludaba o se hablaba por teléfono. Para carnaval pasaba lo mismo, se salía a chayar, se tiraba baldes con agua”, recordó Melián.

En algunos casos los hijos o nietos de los vecinos empezaron a vender las propiedades. La vida familiar que distinguía al barrio trata de mantenerse a pesar de los hábitos que van imponiendo las nuevas generaciones.

Las calles que siempre contaron miles de historias hoy son un reflejo de la actualidad que está pasado por el barrio.

Informe: Nicolás Gatica Ceballos y Julián Pampillón; Producción: Catalina Ysaguirre; Video: Víctor Albornoz; Fotografía: Marcos Verdullo; Edición: Nicolás Miano.

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