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Los argentinos que fueron parte de los estudiantes en París

El estallido del Mayo Francés en París no dejó ajenos a algunos estudiantes argentinos presentes en la capital francesa, que participaron de una forma más o menos activa de estas revueltas históricas.

En palabras de Karsz, era un clima de "efervescencias múltiples".
por El Chorrillero / San Luis
Actualizada: 06/05/2018 09:40
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El estallido del Mayo Francés en París no dejó ajenos a algunos estudiantes argentinos presentes en la capital francesa, que participaron de una forma más o menos activa de estas revueltas históricas.

Al igual que la mayoría de los parisinos, los testigos argentinos consultados por Télam como el filósofo Tomás Abraham, el sociólogo Saúl Karsz o el economista Julio Neffa, se vieron sorprendidos por la explosión del movimiento en las calles capitalinas.

El 2 de mayo del 68, el filósofo Tomás Abraham estaba yendo a la Universidad de la Sorbona, donde cursaba Sociología, cuando de repente se encontró con un piquete en el céntrico bulevar Saint-Michel.

“Me acerqué y vi que era un grupo de estudiantes. Había un tipo hablando con una oratoria muy encendida, muy rebelde. Bueno, era Cohn-Bendit, pero yo no sabía que era Cohn-Bendit”, dijo en referencia a uno de los líderes de la revuelta estudiantil.

De una manera más violenta, se enteró dos días más tarde el sociólogo Saúl Karsz, quien llevaba ya cuatro años en el país galo y en ese momento era ayudante de trabajos prácticos en la histórica universidad parisina, la única que existía entonces en la ciudad.

Karsz iba caminando hacia la Sorbona, mientras leía la tapa del diario Le Monde que titulaba “¡Francia se aburre!”.
Concentrado en su lectura, chocó con alguien a quien inmediatamente pidió perdón.

Pero cuando levantó la cabeza, se dio cuenta que no era una persona aislada, sino una larga fila de policías armados con garrotes que rodeaban el edificio universitario.

Desconfiados, le exigieron mostrar sus manos para ver si tenía restos de los adoquines lanzados por los estudiantes, pero como estaba limpio lo dejaron ir.

“Así me di cuenta que Francia había comenzado a no aburrirse”, admitió el también filósofo en una entrevista con Télam.
Justamente, fue la pasividad que existía antes del Mayo Francés lo que sorprendió a la lingüista Sophie Fisher.

“En las universidades argentinas había una formación pluridisciplinar, en cambio en Francia era terriblemente tradicional. El sistema me parecía totalmente arcaico”, consideró Fisher, quien en 1968 cursaba un máster en la Sorbona.

Una opinión compartida por el economista Julio Neffa: “Los profesores estaban vestidos con toga como los jueces, y los alumnos tenían que pararse cuando entraban y aplaudirlos cuando se iban”.

Según Neffa, que entonces realizaba un doctorado en la prestigiosa Escuela Nacional de Administración, los profesores tenían una situación de privilegio.

“Los llamaban los mandarines por los sueldos altos y porque eran muy respetados; no se podía discutir con ellos”, agregó.

A mediados de mayo, los obreros y trabajadores comenzaron a apoyar al movimiento estudiantil y se desató una huelga generalizada, que se extendió por al menos tres semanas y fue seguida por unas 9 millones de personas en todo el país.

Fue en medio de ese contexto que Jean Louis Gabriel-Robez, un francés ahora residente en Buenos Aires, se enteró de lo que sucedía.

Con 26 años, Gabriel-Robez estaba empezando una nueva vida como pastor de ovejas en el sur de Francia, después de haber renunciado a la carrera de Medicina. Vivía sólo junto a su perro y 500 ovejas en medio de las montañas.

Como se acercaba el Día de la Madre, el joven fue en auto al pueblo más cercano para enviarle algo de dinero. Al llegar al correo, descubrió que era imposible.

“¿Qué querés hacer? ¿No sabés que está todo roto, que el país se va a la mierda?”, lo increpó el empleado.

Tampoco había nafta y en el almacén del pueblo vendían sólo latas de sardinas. Volvió al corral y otro pastor vecino terminó ayudándolo. “No te asustes, de última siempre se puede matar una oveja”, le dijo.

En París, la vida también se había paralizado.

“Era un momento de caos total: había manifestaciones todos los días, no había clases, nadie iba al trabajo y la policía se paseaba en camiones para imponer el orden”, recordó Neffa.

Pero también fue un momento de solidaridad.

“Fueron impresionantes las convergencias entre las diferentes revueltas, el apoyo y ayuda que se brindaron unas a otras”, destacó, por su parte, Karsz.

Y, sobre todo, fue un momento de diálogo, de polémica y de intercambios.

“Hasta se podía hablar con cualquier persona en la calle, ‘evento’ hoy día bastante improbable”, dijo el sociólogo, quien llegó incluso a “hacer dedo” para desplazarse.

La gente empezó a “tutearse”, rememoró Fisher, algo “inédito” porque en París hasta los estudiantes se trataban de “usted” entre sí.

Las calles estaban cubiertas de afiches y grafitis provocadores, la foto del Che Guevara estaba en todas las facultades y el librito rojo de Mao se vendía en todos los quioscos.

En palabras de Karsz, era un clima de “efervescencias múltiples”.

Las ágoras populares se multiplicaron, teniendo como centro a la Sorbona y al teatro del Odeón, ocupados por grandes asambleas políticas, culturales y artísticas.

Todos los argentinos consultados participaron de estos parlamentos.

“No se podía no ir, sentíamos que estábamos construyendo la historia”, explicó el sociólogo.
Y, en algunos casos, asesoraron incluso a los franceses.

“Les explicábamos lo que era hacer una asamblea y una moción de orden, no tenían ni idea porque nunca lo habían hecho”, contó Fisher, quien en el 56 había ocupado la Facultad de Filosofía de la UBA junto a otros estudiantes.

También Neffa habló de la importancia de la participación estudiantil en las universidades en base a la experiencia argentina.

“Estaban interesados en la Reforma Universitaria de 1918 y también en el peronismo, algo muy difícil de entender para ellos”, dijo.

Si bien todos los argentinos citados participaron del movimiento, también evitaron mezclarse en los altercados, en su mayoría, por miedo a ser expulsados del país.

No fue el caso de Abraham, quien hizo barricadas, estuvo en medio de gases y “tiró algún adoquín”.

A todos, sin embargo, la experiencia del Mayo Francés los marcó a nivel personal.

“Mayo de 1968 se terminó como acontecimiento, pero no por ello desaparecieron las ideas que vehiculizaba, los ideales que representaba, las aspiraciones que por sendas inéditas perduran todavía”, concluyó Karsz.

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