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Barrio Nacional Evita: el San Luis de antaño y la urbanización orgánica

Su construcción comenzó a fines del ‘40, lo habitaron en 1951 y fue inaugurado oficialmente dos años después. Las casas de estilo norteamericano, las calles asimétricas y un tala lo convierten en el ícono de cuatro generaciones puntanas.

En la actualidad, el paisaje del barrio entremezcla los diseños de la época con la urbanización actual.
por El Chorrillero / San Luis
Actualizada: 22/05/2018 10:52
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Todos los barrios conservan detalles que los hacen especiales, pero el Nacional Evita se destaca por un aspecto fundamental que lo convierte en un sitio único en su estilo.

Comenzó a construirse a fines de la década del ‘40 y se inauguró en 1953, aunque algunas familias lo habitaron entre 1951 y 1952. Fue entregado por la Fundación Eva Perón, que lo proyectó por intermedio del Banco Hipotecario.

Sus casas son de tipo “misión”, un modelo característico de Estados Unidos.

El Nacional Evita fue uno de los primeros barrios de San Luis. (Archivo Histórico)

Sus edificaciones son amplias (al igual que sus terrenos): constan de 2 y 3 dormitorios, comedor, cocina, una habitación de servicio y una galería. Algunas conservan las aberturas de madera originales e incluso mantienen el revoque intacto.

Cuando se observan algunos rasgos de las edificaciones pareciera que los techos fueran de madera, pero no es así.

Lo único construido con ese material son los tirantes que tienen losetas cuadradas de 80 centímetros, una al lado de la otra.

Originalmente se entregaron 100 viviendas, pero las dimensiones de las propiedades les permitieron a los dueños edificar más departamentos y casas.

Cuando construyeron el Nacional Evita era un espacio dividido en manzanas comunes y corrientes, pero con el tiempo las mismas “se cortaron” y dieron lugar a un barrio diferente.

El trazado actual del barrio se enmarca dentro del estilo orgánico.

Desde entonces su diagramación urbanística es de tipo “orgánica”. Sus calles poseen un diseño que simula un zigzag, con curvas que confluyen en la Plaza Cultural Lucio Lucero.

Las arterias no culminan casualmente allí, sino que armonizan un sol que se ubica en el centro del lugar formando así sus rayos refulgentes.

Se sitúa entre las calles Martín del Loyola, Aristóbulo del Valle, San Juan y avenida Sucre.

Este demarcado se diferencia del ortogonal y de las diagonales, como es el caso de la ciudad de La Plata. En la capital puntana, es el único barrio que lo posee.

Carreras de motos, amores de plaza y niñez inocente

Las casas anuncian la historia constantemente ya que en sus frentes una especie de verjas de madera, aberturas originales y una fachada distinguida, son las que reflejan cómo pasaron los años.

“Don Giménez” (67), recibió a un equipo de El Chorrillero y La Gente cuando compartía la mañana con su esposa, Isabel Díaz en la intimidad de su hogar.

El hombre no dudó en abrir las rejas para invitar a una charla “de esas inesperadas”.

Luego de algunas risas y miradas cómplices, Giménez contó: “Este barrio se hizo hace 70 años, prácticamente en 1947 y fue con el plan del presidente Juan Domingo Perón. Se edificó con los mejores materiales del momento. Son propiedades de 30 metros de frente por 60 metros de fondo y así como se ve ahora estuvieron siempre, más allá de algunas modificaciones”.

Recordó que para él fue “muy emocionante” el primer día porque antes de llegar ahí vivía en un “inquilinato”.

“Estaba prácticamente en una covacha, éramos 6 hermanos y fue muy lindo venir acá, tener la pieza para las mujeres, otra para los varones, escuela cerca; era un mundo nuevo”, añadió.

Giménez destacó que hay costumbres que se perdieron y específicamente se refirió a las actividades que la gente hacía desinteresadamente para alegrar a los chicos.

“Para el Día del Niño aparecía un hombre con una bolsa de caramelos y nos regalaba. Se organizaban carreras de bicicleta o triciclo, se jugaba al embolsado, y cuando uno perdía venía ese hombre sacaba un puñado de caramelos y decía ‘ganaste vos’; eso lo hacía la gente que pensaba en los chicos”, tuvo en cuenta.

Otra de “las costumbres perdidas” son las fiestas folclóricas y carnavales que “duraban hasta 3 días”.

“Se jugaba todo el tiempo, no había problemas. Los artistas eran muy buenos y los jóvenes apreciaban el talento de los que punteaban”, indicó.

Esas fiestas se solían anunciar por una propaladora que se había instalado en la plaza. Los altoparlantes pasaban publicidad, música y anunciaban las fiestas de la zona. “Fue la previa a la radio”, remarcó el vecino.

Incluso se reproducían por los parlantes aquellas actividades que realizaban a lo largo de los días.

Giménez agregó con ironía que el barrio estuvo “casi 60 años sin asfaltar”, por lo que el pavimento fue una adquisición de los “nuevos tiempos”.

La plaza “del tala”

La vida cotidiana está estrechamente ligada con el paseo público que alberga el árbol. Si bien antes de las remodelaciones era solo “tierra con algunos árboles”, nada impidió que sea el sitio elegido para el esparcimiento.

El tala testigo del paso del tiempo.

La Sociedad de Fomento organizaba desde kermesses hasta carreras de motos.

“Don Giménez” mencionó que hasta uno de los más famosos pilotos de moto de San Luis, Alberto Alaniz, conocido como “Jerry Lewis”, formaba parte de las competencias.

“Se hacía llamar así porque no quería que su mamá supiera de las carreras”, agregó con risas

La memoria y la nostalgia no tardan en llegar cuando se mantiene un diálogo con los vecinos. Ejemplo de ello es el caso de Jorge que gracias a su profesión de plomero conoce a la mayoría de los habitantes.

“Lo primero que se me viene a la cabeza son los juegos que disfrutábamos de pibe, el trompo, las chapitas y los barriletes”, describió.

Si bien la plaza era una cuadra completa, desde 1970 se encuentra dividida en dos partes por una calle que la atraviesa, dando así el trazado orgánico que todavía existe.

En el sector “sur” hay columpios, toboganes y múltiples juegos junto a una cancha de fútbol a su lado, para que los niños pasen el rato.

Del otro lado se encuentra una pequeña tribuna con una explanada para que sea utilizado en eventos especiales, y plantaciones de árboles que presentan una variedad de estilos.

Pero uno de los rasgos más característicos con “historias” que giran a su alrededor es un árbol: el tala que permanece desde prácticamente la creación del barrio.

Esa especie dio abrigo a los primeros amores de adolescencia, forjó charlas vecinales y eventos “de esos que ya no se hacen”.

Giménez contó que “siempre se hacían reuniones en verano porque su sombra calmaba el calor”.

“Un intendente quería sacarlo y la gente se negó porque tiene valor para nosotros; ahí jugamos, ahí nos enamoramos”, dijo.

El barrio se caracteriza entre otras cosas por una población mayoritaria adulta, fundamentalmente de la tercera edad. El Centro de Jubilados es una institución vigente que contiene a sus socios en un clima familiar.

Su presidenta, Juana Latorre comentó que funciona desde “hace más de 30 años”.

Su primera autoridad fue Félix Garro, quien vivía frente a la plaza. Por aquellos años, las reuniones las organizaba bajo el tala.

“Con el tiempo dispusimos buscar nuestra propia casa y queríamos que fuera en este barrio y tuvimos la suerte de encontrar este lugar. En ese tiempo el Gobierno nos dio una parte del dinero para comprarla; el resto lo aportamos juntando efectivo de distintas actividades”, explicó la dirigente que pertenece al órgano consultivo de Anses a nivel nacional desde hace 22 años.

En la imagen el grupo de jubilados de la época de su presidente José Tomas Pellegrini.

De esta manera una vez adquirida la propiedad, “con mucho esfuerzo” consiguieron ampliarla, refaccionarla y hasta edificaron un salón de eventos.

Se juntan a almorzar de lunes a viernes, reciben sus bolsones de mercadería y participan en talleres, entre otras actividades.

Los abuelos disfrutan de encontrarse en los almuerzos.

“Quisiera que tratemos de compartir lo poco que tenemos. Aquí se puede llegar a tener mucho en comparación de las cosas feas que están pasando últimamente a los jubilados. Acá tratamos de olvidarnos y ver si podemos salir adelante, es muy difícil y ellos están estresados, entonces nosotros queremos que se olviden aunque sea cuando estén acá, que tengan fe”, le contó a los periodistas.

Vivir desde siempre en el Evita

En una de las esquinas que da a la plaza, Susana Isaguirre (67) contempla el día a día desde su ventana, como cuando era niña.

Llegó al barrio en 1951 y según expresó, con el transcurso de los años “se forjó la relación entre los vecinos”.

“En mi caso por ejemplo, la familia Ramírez tiene mucha cercanía con la nuestra y en esta parte nos conocemos todos, estamos desde siempre”. agregó.

“Somos 4 generaciones. Y lo más lindo de estar acá es que es un barrio tranquilo, la mayor parte de las personas son excelentes porque son como si fueran mi propia familia, tenemos confianza para prestarnos cosas, nos comunicamos constantemente, somos muy unidos”, remarcó.

Aseguró que la barriada es “la vida” de cada uno: “Le digo a mis hijos que el día que ´me vaya´ no me vendan la casa, porque acá vivió mi padre, mejor que quede como un recuerdo o una tradición familiar”.

Manuel López junto a su familia fue también unos de los primeros en mudarse. Su hijo, Tomas José, así lo confirmó.

Los sulkys y las carretas antiguas eran utilizadas en aquellos días sobre todo para trasladarse al Mercado Central ubicado en el ahora Paseo del Padre, en el centro puntano.

“Como solo contábamos con un almacén nos veíamos obligados a viajar largas distancias. Toda la gente de acá se trasladaba a caballo a diferentes lugares, hasta que llegó el colectivo”, detalló.

El ahora: las inundaciones y la seguridad

Las viviendas que dan hacia la avenida Sucre son las más afectadas por las lluvias. Es un problema estructural que no tiene respuestas, según plantearon los vecinos.

“El agua rebalsa la avenida y sube hasta la puerta”, detallaron. Y aunque llueva 5 milímetros, la calle siempre parece “un río”.

“No se puede cruzar. Antes no ocurría”, declaró López.

Además, aquella “tranquilidad constante” con la que vivían, no es la de hoy porque “la inseguridad aumentó”.

“Si bien no es cosa de todos los días”, los episodios violentos “suceden cada tanto”, subrayó.

El Barrio Nacional Evita.

Una pequeña productora de pan de la zona, Graciela de Villegas contó que llegó al barrio hace 30 años y es testigo de que la inseguridad creció.

Con todo, la arquitectura que exhibe el barrio hace que sea uno de los sitios llamativos de la ciudad de San Luis. Y la fisonomía es un reflejo de la identidad.

Informe: Julián Pampillón y Nicolás Gatica Ceballos; Producción: Catalina Ysaguirre; Video: Víctor Albornoz; Edición: Nicolás Miano; Fotografía: Marcos Verdullo

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