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¿Cómo viven los venezolanos en San Luis? Testimonios de angustia, desesperación y esperanza

Entre los sanluiseños se mueven un sin fin de relatos y de historias venezolanas. Con sus vidas convulsionadas por la crisis del país donde nacieron, los protagonistas dejaron todo para conseguir un poco de paz. En San Luis hay unos 400 que encontraron el rumbo.

Las historias se unen por el amor a su país y la desesperación de tener un futuro mejor.
por El Chorrillero / San Luis
Actualizada: 14/04/2019 09:18
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Desde hace algunos años, Venezuela transita por uno de los peores momentos de su historia con una crisis económica, política y humanitaria que se incrementó de sobremanera en los últimos meses; y hoy cala hondo en cada rincón del pueblo.

A raíz de esto, millones de hombres y mujeres tuvieron que dejar su tierra y emigrar a otros países, entre ellos Argentina. Según los datos de la Dirección Nacional de Migraciones (DNM) durante 2018 se presentaron 70.531 radicaciones.

Puntualmente en San Luis se estima que hay entre 300 y 400. El año pasado el 30% de los trámites presentados en la DNM local fueron de venezolanos.

Para graficar las masivas migraciones, diferentes ONG’s, la ONU y la Organización Internacional para las Migraciones informaron que la cantidad de personas de Venezuela que ahora residen en otros países ya alcanzó los 3 millones, la mayor parte de ellos en Latinoamérica y el Caribe (2,4 millones).

En el ámbito provincial, la colectividad crece con fuerza cada día. Las historias se unen por el amor a su país y la desesperación de tener un futuro mejor.

Pero particularmente hay dos frases que todos comparten: “nos vimos obligados a emigrar” y “no tuvimos elección”.

Los relatos que recopiló El Chorrillero demuestran lo dicho. Ninguno de ellos quiso salir de su país, sueñan que la situación mejore y quieren volver para un día “hacer patria”.

En esos tiempos buscan nuevos horizontes en San Luis insertándose en las oportunidades que ofrece el sector privado.

“No vives, sobrevives”, la historia de película de Indira y Eduard

Hay quienes hacen lo imposible para salir y buscar un mejor aún sin tener todos los recursos necesarios o deseados.

Indira Majano y de Eduard Villaruel junto a sus hijas.

Un ejemplo de esto son Indira Majano (31) y de Eduard Villaruel (37) que tras semanas de angustia, desazón y sacrificio lograron escapar y llegar a territorio puntano; todo eso con sus tres hijas pequeñas.

La entrevista se hizo en plena avenida Illia a metros del reloj ubicado en la intersección con San Martín. Puntuales, llegaron todos. Orgulloso, Eduard lucía una musculosa de la selección venezolana de fútbol.

En un extenso diálogo explicaron cómo salieron.

Con una vida establecida en la isla Margarita, que se encuentra a 330 kilómetros de Caracas, Indira trabajaba en un hotel llamado Bella Vista y Eduard administraba un próspero negocio de repuestos para motos.

Con el pasar del tiempo la crisis se agudizó y gran parte de los comercios cerraron, incluido el local de ellos y el hotel. Con ese presente, sin empleo y bajo la desesperación de un futuro incierto tomaron la decisión de irse.

“Estábamos sobreviviendo. Nos despertábamos por la mañana, nos mirábamos y nos preguntábamos: ‘¿qué hacemos? ¿qué comemos?’ Ese fue el detonante”. Y así fue como iniciaron la travesía. El destino fue San Luis.

Llegaron al punto que ni siquiera podían comprar los pañales para la nena más pequeña. Por ello es que se vieron obligados a usar telas.

Ese fue el quiebre, el “no podemos más”, y en septiembre del año pasado decidieron salir.

Cuando se les consultó por qué eligieron la provincia desde un principio, ambos respondieron que buscaban un lugar lejos de las capitales pero que no sea demasiado pequeño; que también sea tranquilo y urbanizado. Esta ciudad cuadraba con las exigencias.

Con el poco dinero que tenían ahorrado se fueron a Brasil para reunir más plata para el viaje. Allí estuvieron cuatro meses pero no funcionó su plan. Solo rescataron una cosa: se toparon con dos chicos argentinos y les preguntaron a dónde podrían ir. La respuesta fue San Luis.

El próximo destino fue Perú. Allí tuvieron el primer gran inconveniente del viaje. Cuando llegaron a la frontera con Chile les rechazaron la entrada ya que solo poseían el acta de nacimiento de dos de sus hijas.

Pasaron unas semanas en Lima hasta que decidieron entrar a Bolivia de manera ilegal. En el trayecto se encontraron con efectivos policiales que hasta les exigieron una coima para poder seguir.

“Nos pararon una y otra vez para pedirnos dinero. Nos decían: ‘aquí no se deporta a nadie, se paga’. Exigían 50 y hasta 100 dólares y de esa manera nos quedamos sin plata”, recordó Indira con lágrimas en los ojos.

Finalmente, en diciembre, llegaron al límite argento-boliviano de Villazón y La Quiaca. Ante la aflicción del momento cruzaron el río que divide a los países.

Ya en Jujuy y sin nada, pidieron ayuda en una parroquia. El padre del templo se contactó con una ONG que los recibió en plena Navidad. Allí fueron orientados y decidieron hacer “el camino correcto”.

Fueron hasta la oficina de Migraciones en la frontera y realizaron todos los trámites burocráticos necesarios. Obtuvieron su documentación como turistas por 90 días y a partir de allí todo fue cuesta abajo.

En la provincia del norte hablaron con la comunidad venezolana que les brindó ayuda. Tanta repercusión tuvo su caso que el intendente de San Salvador de Jujuy, Raúl Jorge, se puso en contacto con ellos y les dio una mano. Pudieron comprar los pasajes y viajar hasta San Luis.

A la provincia llegaron el 4 de enero y, al igual que antes, fueron ayudados por los mismos compatriotas que habitan territorio puntano. Hicieron una colecta y lograron pagarles el alquiler de un monoambiente por unos días.

Hoy, ya tienen todo presentado en la oficina de Migraciones para regularizar su situación. Eduard consiguió trabajo en una fábrica de aberturas e Indira vende viandas típicas.

Sus hijas, Iriana y María Angélica, ya van a una escuela en la capital, en tanto que Isabela ingresará a jardín de infantes el año que viene.

Si hablan de la actualidad de su país sienten impotencia y tristeza sobre todo porque todos sus familiares todavía no logran salir.

“Son momentos difíciles y horribles. Nos sentamos a comer y de repente nos enteramos que ocurrió un nuevo apagón. Ellos nos dicen que no nos preocupemos pero nosotros sabemos que no están bien y esto no da para más”, comentó.

“Los brazos abiertos”

Génesis Montilla (27), Eliana Prada (35), Valeria Fernández (24) y Adriana Pérez (33) contaron el drama de la distancia y lo que significa tener a toda su familia allá; los problemas de la comunicación y sobre todo cómo es vivir el día a día bajo la convulsión de un país arrasado por el régimen de Nicolás Maduro.

El pueblo puntano los recibió con “los brazos abiertos” y lo aceptó “como a uno más”.

La comunidad se ha convertido en una de las más grandes y activas dentro del territorio nacional, a tal punto que de ser el 5º país en la lista de radicaciones en 2016 pasó a ser el 1º en 2018, relegando a Paraguay, Bolivia, Perú y Colombia.

Por lo general, quienes llegan tanto a San Luis son jóvenes profesionales; tienen algún título universitario, licenciatura o doctorado y pueden afrontar los gastos que demanda un viaje de 6 mil kilómetros.

En la provincia tienen hasta su propio grupo de WhatsApp llamado “Colectividad Venezolana de San Luis”, con más de 160 integrantes.

Allí comparten diariamente información de la situación de su tierra, organizan las participaciones en diferentes actividades y por sobre todas las cosas buscan darse apoyo.

“Remar en el mismo sentido para respaldarnos en esta hermosa ciudad que hoy nos recibe y nos brinda una nueva oportunidad”, reza en su descripción.

La frase concuerda con la idea de que el pueblo puntano los recibió con “los brazos abiertos” y lo aceptó “como a uno más”.

Según contaron en el transcurso de las notas, cuando llegaron solo tenían en mente poder insertarse laboralmente sin recurrir al Estado.

La vida en Venezuela

Contaron que el principal inconveniente que deben afrontar fue la hiperinflación. Por ejemplo, organismos internacionales anticipan que este año el aumento la inflación será del 10.000.000%.

Para dar cuenta de lo casi imposible que es vivir de esta manera, Adriana que hace siete meses vive en San Luis compartió una anécdota casi inverosímil pero real cuando visitó un supermercado el año pasado.

“En una ocasión la persona que estaba tres pasos delante mío pagó un precio y yo pagué otro por el mismo producto. Esto se debe a un sistema que tienen las grandes cadenas donde los precios se actualizan en cada momento”, recordó lo que vive su país.

Por su parte, Génesis que está en la provincia desde hace 5 años, habló de los malabares que debe hacer su familia para vivir.

Cuando logra conversar con ellos la mayor parte del tiempo lo consumen hablando de la economía y la violencia diaria.

“La última vez que fui a Venezuela fue hace dos años me encontré con un panorama desolador y horrible”, describió.

Con un sueldo promedio de cinco dólares, muchos tienen que hacer casi lo imposible para comer. “La gente no puede darse el lujo de tener una vida normal”, explicó.

El futuro

Pese a tener una actualidad crítica que pocas veces se vio, todos vuelven a concordar en otro aspecto: que el futuro es “esperanzador”.

Una de las bases en donde se apoyan es la asunción de Juan Guaidó como presidente encargado (reconocido por más de 50 países, entre ellos Argentina).

Lo que se deja entrever de las charlas es que la figura de Guaidó y la ayuda externa que en estos momentos recibe Venezuela, renovaron de cierta manera las expectativas.

Si bien “es un arduo y difícil trabajo”, tal y como lo señala Géminis, sueñan con regresar a su hogar.

Saben que hay tiempos devastadores “pero la esperanza sigue” porque “no hay mal que dure 100 años”.

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