X

Historias de San Luis: El Pomucho

Por Nino Romero

Pomucho solía visitar el viejo hipódromo.
Actualizada: 10/07/2020 09:09
PUBLICIDAD

Días pasados me encuentro con el amigo Hugo Rezzano, quien recordó a un personaje de San Luis que hasta hoy no había aparecido en estas historias: EL POMUCHO.

En algún relato hice referencia a algunos personajes, pero no al Pomucho. Lamentablemente no he conseguido fotos, pero como homenaje y recordatorio a este personaje se publica esta historia que es autoría de Hugo Rezzano. Disfrútelo o conózcalo a EL POMUCHO.

“Se llamaba Carlos… o tal vez Antonio; Antonio me parece le queda mejor con la lejanía del espacio tiempo.

Yo lo conocí como a mis nueve años, en la avenida Centenario, calle ancha, de tierra con lomadas para frenar el agua que bajaba furiosa en días de lluvia.

La Centenario iba desde la curva de la Cruz hasta la fábrica de caños.

Avenida Centenario transitada diariamente por El Pomucho.

Por la calle ancha pasaba él, todos los días; caminando con un andar cansino, y, como si el peso de la vida lo fuera achicando, era bajito.

Por la puerta de mi casa doblaba el uno de EL FIFÍ, que llegaba hasta la Riobamba, en cambio la Línea 2 llegaba solo hasta el Hogar Materno, en la Sarmiento.

Él, muchas veces iba en el colectivo. Siempre en el primer asiento, con la mirada perdida en el paisaje o en la gente, ¿quién sabe?…

Al llegar al final del recorrido y quedaba solo, el chofer lo “acercaba” hasta la Riobamba, de gauchada, como para que le quede más cerca.

El moraba allí… donde vive el olvido.

Algunos le decían “el Psiquiátrico”, “el loquero” o “el manicomio”, esa era su casa, vivía ahí…

Su ropa parecía un uniforme, aunque no lo era, de arriba a abajo todo color del suelo puntano, todo color de la tierra de la Centenario, ¿gris?, ¿beige? ¿O solo color tierra? El tiempo me lo confunde como un daltonismo lejano…

Lo estoy viendo con su gorra beige ladeada, también beige el saco viejo (de media estación, dirían los grandes), gastado y mordido. ¿Mordido?

Si, mordido. Cuando se sentía mal por algo o alguien lo ponía nervioso, se mordía la manga del saco con furia… como queriendo reventar o comerse a los espíritus que lo atormentaban.

¿Era el olvido o el recuerdo que le producían rayos y tormentas interiores? que quería sacar de su cabeza a mordiscones?

Nunca supe porque estaba allí, unos decían por loco… otros porque se volvió así por cosas de la vida, venia internado desde hace muchos años, desde la Almirante Brown, antes de cambiarse a la Riobamba.

Pasaba… se quedaba, jugaba un rato con nosotros, con los chicos del barrio y se iba… a veces lo acompañábamos en barra unas cuadras… o muchas y luego volvíamos, por esa calle ancha y de tierra corriendo como si imagináramos una carrera de caballos…

Sí, eso… una carrera de caballos, y como el hipódromo estaba cerca, él también cruzaba las vías muertas pasando los Pérez y junto a nosotros iba a ver las carreras… y gritaba por algún caballo, sin conocer su nombre ni el del jinete. Era un niño más.

Nunca recuerdo que haya pedido algo, no era un linyera, no era un mendigo, solo era loco y un loco bueno, pero siempre alguien le daba azúcar o alguna tortita. Y se iba lento, con el paso cansino hacia “arriba”, hacia el este, hacia los cerros… a su casa.

Quien sabe que golondrinas o que dolores del alma tenía en su cabeza, creo que eran pájaros, pájaros de colores pues nunca lo vi enojado, siempre con una sonrisa perdida en la inmensidad del añil de los cerros confundido con el azul celeste del cielo.

Sus pantalones también de color tierra, como su piel envejecida, como de papel de estraza ajado por las envolturas y sus zapatos, que de tan viejos no parecían zapatos.

Pero no era un mamarracho, no era el loco al que los niños lo burlan, era él, al que todos, grandes y chicos queríamos. Carlos, Antonio, Juan, ¿José?, no lo sé… para nosotros era El Pomucho. Tampoco supe el porqué del apodo; pero este tipito loco, simpático, que despertaba los mejores sentimientos, tal vez era algo más…

Una vez, el 11 de marzo de 1973, me contó el Negro, un amigo que era de la zona de la Centenario y Alem, que eran como las diez de la mañana y estaba con su Papá esperando el colectivo y paso El Pomucho y les pregunto con esa vocecita que tenía, ¿van a votar?… les contestaron que sí y les disparo…” van a votar al pedo…” duró menos de tres años el gobierno, ¿el Pomucho veía más allá que algunos?

Avenida Centenario transitada diariamente por El Pomucho.

El Pomucho…, el de caminar bajo el sol o la lluvia, el que enfrentaba con su locura la vehemencia del “matón”, que le golpeaba con piedritas o tierra la cara, que le jodía cuando volvía a su lugar; el matón del chorrillero que soplaba con tanta furia.

Ni una queja le sentí nunca, ni siquiera cuando el dolor de muelas lo atormentaba y apoyando un puño sobre su cara… y golpeando repetidamente con el otro, se anestesiaba.

Lo vi hasta el setenta y pico, tal vez ‘77 pues allí me fui y no lo volví a ver, pasaron cuarenta años… que loca la memoria, cuantas cosas escondidas tiene…

Año 1972, noviembre, se anunciaba marcha y concentración peronista, por los barrios; mi mamá no nos dejó salir del barrio, ni siquiera a jugar a la canchita de los Pérez o la de SCAC, calor ese mediodía, sin viento y paso el Pomucho para arriba, con mi hermano lo saludamos y como nunca obedientes jugábamos en el jardín y en la vereda.

Y sentimos ruidos, bombos, bocinas, cuetes, la marcha … y venia una tropilla de gente, creo que los viales, por la Centenario para abajo, y adelante de todos, empujado por la energía o por la fuerza de la masa venia el Pomucho, tal vez asustado, tal vez contento y parecía el que comandaba la manifestación peronista.

Detrás Lavandeira, el negro Morel, el Oraldo, el Negro Oliveras, los Viales y muchísimos más; un Citroën con un parlante… iban a pasar por el frente de mi casa… allí estábamos, en la platea.

Del otro lado, de la Justo Daract otra manifestación, el Tochi, el Gordo Niño, los Velazco … un montonazo de gente…

Y apareció por la Vicente Ferre la cana y se armó la cagada. Mi mamá nos gritaba que entráramos. Fue en la puerta de mi casa y ya habíamos obedecido lo suficiente para un día y como espectadores de lujo nos subimos al pino, y desde allí con la protección del follaje – no sé si me atrevo a contarlo- con las pelotitas del pino le tirábamos a los canas y también a los otros.

Cuando empezaron a reprimir, el Chino Becerra arriba de una camioneta comenzó a tirarle a la gente con una Itaka; se levantó mucha tierra picante… eran gases lacrimógenos, nunca los había visto y picaban… unos corrían para el lado del hipódromo entre los pingos, es más, creo que lo hacían más rápido que ellos; otros para lo Pérez por las vías, alguno se metió a lo del Armando Alfonso o a lo Sosa.

Don Cadile, el rengo, gritaba desesperado que no le toquen el viejo camioncito con mercadería que tenía estacionado en la Ferrer donde detrás se acurrucaban y se amaban la Burra y el Zorrito Alaniz… que también desaparecieron ante el quilombo y en el tumulto, tampoco lo vi al Pomucho, no sé qué se hizo…

El potro del tiempo me fue llevando por caminos de “más grande” y se fue espaciando la vista del Pomucho, también este carro del tiempo se lleva recuerdos quien sabe dónde, quien sabe qué y a quienes se llevó. Por eso antes que se me pierda lo rescate a él, con su paso cansino, con su gorra chanfleada con su saco mordido y con la sonrisa de un tipo bueno y la mirada en más allá, nunca sabré donde…Se fue el Pomucho con el viento chorrillero, tal vez lo llevó y lo dejo pasando la SCAC…

ninoromero@gmail.com/info@elchorrillero.com

PUBLICIDAD

EN PORTADA EL CHORRILLERO

SUBIR