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Historias de San Luis: una historia del hospital

Por Nino Romero.

Eduardo es feliz con su profesión.
Redacción de El Chorrillero
Actualizada: 06/09/2020 01:59
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Eduardo es un médico que trabaja en la salud pública de San Luis desde hace varios años. Estudió en Córdoba y allí realizó su residencia y especialización.

Una vez concluida su formación profesional, decidió regresar a San Luis a trabajar porque es su lugar natal, y además estaba cerca de su mamá, Eugenia.

Eduardo es hijo único. Siempre, desde niño, insistió en preguntarle a su madre quién era su papá, pero ella siempre le respondía: “todo a su tiempo querido hijo”.

Vivían juntos y Eduardo formó su familia con Susana, novia de la adolescencia. Nacieron dos hijos. Total, y absolutamente malcriados de su abuela. Como debe ser.

Eduardo es feliz con su profesión.

Lo conozco desde siempre, y hace un tiempo me contó su historia.

Su mamá Eugenia, una mujer solidaria que acompañó a muchas organizaciones sociales y comedores de la zona oeste de la ciudad, enfermó de cáncer y falleció.

Pero antes le contó su hermosa historia de amor, que había guardado hasta ese momento.

Allí el doctor Eduardo se enteró que su padre era una reconocida figura política del medio, y que con su mamá se pusieron de novios siendo ambos muy jóvenes, cuando asistían a la escuela secundaria, y luego siguieron diferentes caminos.

Ella comenzó a trabajar en una verdulería que pertenecía a sus padres, que la necesitaban, y eso le impidió seguir estudiando en la Universidad.

El, de acaudalada familia, viajó a Córdoba para estudiar abogacía.

Pero eso no impidió que continuaran con la relación de noviazgo a través de cartas, algunos llamados desde teléfonos públicos a fijos, y estar juntos cada vez que él venía a San Luis.

Y de esa bella relación, Eugenia quedó embarazada.

Cuando se lo comunicó a su novio, este no quiso saber nada con ser papá y le sugirió que abortara.

“Mi vieja”, dice Eduardo, “me contó que ni lo pensó un segundo. Fue como si le dieran una cachetada, como si cayera en un pozo negro sin fondo, pero rechazó totalmente esa idea, pegó media vuelta y se volvió llorando a su casa”.

“Mi viejo desapareció del mapa, y si bien mi mamá lo llamó algunas veces a su casa, nunca lo encontró, o lo negaban o le cortaban cuando decía quién era ella”, relata el doctor con las manos crispadas.

“Los padres de mi vieja aceptaron felices el embarazo, pero sufrieron un accidente automovilístico que los mató a ambos y ella quedó solita en el mundo, porque también era hija única”.

“Golpe tras golpe, pero aferrada a mi panza, o sea a vos hijo”, me dijo en una frase que siempre vuelve.

Eugenia tuvo la verdulería abierta hasta unos días antes de nacer Eduardo, y después, cuando se acabaron los ahorros, se dedicó a limpiar casas y a lavar y a planchar.

“Y desde bebé me llevaba a todos lados, hasta que tuve edad para quedarme solo en la casa”, relata Eduardo con lágrimas en los ojos.

Y con esos trabajos, Eugenia mantuvo la casa y los estudios de su hijo, hasta que Eduardo encontró un laburito que lo ayudaba a vivir en Córdoba.

“Y luego es historia conocida lo de mi mamá, que ayudó a mucha gente con su trabajo en los comedores barriales”, me dice.

“Muchas veces estuve tentado de ir hasta la casa de mi padre a contarle quién era, pero mi mamá me hizo prometerle que no lo haría nunca y que no debía guardar rencor. Él se había casado con una mujer de familia adinerada y tenía tres hijos. O sea, yo tenía tres hermanos. Todos varones”, enfatiza el doctor.

Me cuenta que una noche cuando estaba de guardia le avisan que tenía una emergencia.

“Y allí veo por primera vez a mi viejo, a mi papá, tendido en una camilla, con la respiración agitada, temblando. Me estremecí. Fue un instante. Reaccioné de inmediato y tras revisarlo determiné que era un problema respiratorio importante, ordené la medicación que consideré adecuada, los estudios, y dispuse su internación”.

“Hablé con dos de sus hijos que lo acompañaban, o sea dos de mis hermanos, para contarles lo que estaba sucediendo y que se iba a recuperar”.

“Antes de salir de la sala donde lo atendí me dieron ganas de abrazarlo, pero me contuve y le apreté fuerte su mano trasmitiéndole tranquilidad”.

“Por eso, estimado Nino, esa madrugada te aseguro que no sé si atendí a un paciente que era mi papá, o a mi papá que apareció como un paciente que nunca sabrá que el médico que lo atendió es su hijo. Y el hijo de Eugenia, mi amada vieja”.

ninoromero@gmail.com/info@elchorrillero.com

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