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Historias de San Luis: Carlitos Pagano

Por Nino Romero

Foto gentileza
Carlitos Pagano en la puerta de su bar.
Redacción de El Chorrillero
Actualizada: 01/11/2020 04:17
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El 28 de octubre pasado falleció Carlitos Pagano. Debería poner Carlos, pero su verdadero nombre fue superado por el cariñoso diminutivo de Carlitos.

Un hombre de bien. Respetado y querido.

Hay mucho para escribir sobre su historia de vida, pero cada persona que lo conoció tiene algo para contar vivido junto a Carlitos, que supera a cualquier relato.

Gran parte quedó reflejado en las redes sociales en cientos de mensajes.

Otras historias están presentes en los interminables llamados entre amigos, recordándolo con ternura, con lágrimas en los ojos, o con una sonrisa.

Y siempre aparecía Jonás. El mítico bar “Jonás” de calle Chacabuco entre Lavalle y Pedernera, frente a la Universidad Nacional de San Luis. Un nombre bíblico.

Un lugar distinto, único, irrepetible.

Por supuesto que no soy objetivo, pero era mi lugar en el mundo.

Mesa lista.

Estuviera quien estuviese en el lugar, o si eras el único cliente, la energía que percibías te cambiaba la vida, la manera de ver las cosas, de hablar, de dialogar, de disfrutar la vida y mirar con los ojos del alma.

Ese ambiente era el ambiente del bar. Creado por Carlitos y acompañado por otras personas en las tareas gastronómicas. Muchos de los últimos años por Norma o Normita o Normelli. Daba igual.

Pero Carlos siempre estaba. Iba, venía, y en algunos turnos le tocaba quedarse solo.

Por supuesto que tuvo otros emprendimientos gastronómicos, pero “El Jonás” siempre estuvo.

Por eso, el día siguiente de su partida a la barra celestial, el lugar estaba lleno de flores.

Homenaje de su familia y de otras personas también.

No todos logran ser recordados así.

Normita atendiendo. No se podía usar la barra. Medida de protocolo sanitario.

Hay tantas historias de Carlitos y su bar “Jonás”. Allí distintos personajes tomaron decisiones trascendentes para la vida de nuestra sociedad.

Fue refugio de mini recitales, de exposiciones de artistas plásticos o fotógrafos, presentaciones de libros.

“Jonás” será por siempre un lugar distinto.

Y fue Carlitos Pagano el responsable de hacerlo así.

Conozco muchas anécdotas del lugar, como cada parroquiano del bar.

Me limitaré a compartir una conversación que tuve con un cliente permanente del bar.

Me refiero a Carlos Mazarutti. Lo llamé precisamente para preguntarle sobre la salud de nuestro común amigo que estaba internado, y le conté que de lunes a viernes pasaba a la madrugada por el bar, ya que era el camino más conveniente para llegar a mi trabajo.

Enrique Vicedo sentado. Carlitos llegando. Norma trabajando.

Pero también le dije que iba a cambiar de rumbo, porque ver al Jonás cerrado, con los barrotes puestos, las cortinas corridas, oscuro, me hacía mal. Me angustiaba.

Por supuesto que a la hora que yo paso no pretendía que estuviera abierto, pero después sí. Y todo esto mientras Carlitos luchaba como un león por su vida.

Carlitos es de los seres humanos que hacen realidad los inmortales versos de Alberto Cortéz: “Cuando un amigo se va, queda un espacio vacío, que no lo puede llenar, la llegada de otro amigo”.

Y tampoco habrá otro bar Jonás. Podrán parecerse. Pero no será igual.

Carlitos y Enrique conversando. Norma detrás de la barra.

Y cambiando la letra del tango “Ninguna” de Homero Manzi podríamos decir: “No habrá ninguno igual, todos murieron, desde el momento en que dijiste adiós”.

Carlitos Pagano en el mejor de los recuerdos. En la cuenta corriente de nuestras vidas.

ninoromero@gmail.com / info@elchorrillero.com

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