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Historias de San Luis: el televisor de Ana

Por Nino Romero

El televisor de Ana.
Redacción de El Chorrillero
Actualizada: 27/12/2020 01:03
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Los tiempos han cambiado mucho. Lamentablemente por la pandemia y por otras cosas que no están bien y nos afectan a todos.

Esta historia personal tiene 15 años aproximadamente y fue contada en un espacio radial.

“El oficio de andar en la noche hacía que encontrara historias sorprendentes. No hace falta investigar mucho, sino simplemente prestar más atención a los seres humanos que nos rodean. Cada uno tiene su historia. Y así fue que durante una semana coincidí en pasar por un lugar y siempre veía a la misma mujer, apoyada en las grandes vidrieras del negocio y con la mirada fija en los televisores. Me llamó mucho la atención su actitud. Fue así que en una ventosa noche detuve mi marcha y me instalé cerca de ella, como si fuese un cliente que está mirando alguno de los productos que allí se exhiben, pero con la clara intención de entablar una conversación.

Y la gran cantidad de aparatos de televisión me ayudaron, porque en esos momentos las imágenes de San Luis inundaron todas las pantallas difundiendo una noticia policial que había tenido repercusión nacional. Eso sirvió para hacer un comentario que encontró inmediata respuesta en Ana. Ese es su nombre. Ana. Y la suerte siguió de mi lado, porque me reconoció y eso ayudó a nuestra conversación.

Le comenté que desde hace una semana hago el mismo trayecto, que todos los días la veía pegada a la vidriera mirando los televisores y que por supuesto eso me había llamado la atención, porque intuía que no se trataba de alguien que no se decidía cuál modelo o marca comprar, sino que me parecía, había algo más. Otra cosa. Una historia. Y ella me dijo que eso era verdad. Su relato me lo confirmó.

“Soy de San Luis, pero no de la capital. Hace muy poco tiempo me recibí de médica y estoy ejerciendo aquí. Soy hija única, mi papá se fue de casa cuando mi madre quedó embarazada y nunca supimos más de él. Pero nada de nada. Es como si se lo hubiera tragado la tierra. Mi sueño fue siempre ser médica, y afortunadamente lo logré. Mejor dicho, mi mamá lo logró, porque fue ella la que me mantuvo muchos años para que yo estudiara en otra provincia. Todo le costó mucho. Demasiado. Era empleada municipal y por la tarde se dedicaba a trabajar como modista. Lo que yo le regalé fue estudiar siempre, no perder el tiempo, no malgastar el dinero. Tan es así que únicamente iba a mi pueblo para las vacaciones de verano y para el día de la madre.

Pasábamos mucho tiempo sin vernos, pero nos escribíamos siempre, y como éramos amigos de los choferes de una empresa de transporte, nos ahorrábamos el pago del correo. Yo le escribía todos los viernes y los lunes estaba firme en la Terminal esperando su respuesta. Alguna vez también nos dimos el gusto y nos llamamos por teléfono. En la pensión donde yo vivía había un teléfono, pero en mi casa materna no. Pero esa es otra historia.

Mi mamá vivía sola, de vez en cuando alguna visita, pero su única compañía era el televisor. Yo estaba cursando el último año de mi carrera y adquirir un libro me era imprescindible, pero también imposible. Muy caro. Se lo comenté en una carta de viernes a mamá y en su respuesta el lunes estaba el dinero para mi libro. Pasó mucho tiempo hasta que llegó el Día de la Madre y pude viajar a mi pueblo. Y cuando llegué a casa, me di cuenta de donde había salido el dinero de mi libro: mi madre había vendido el televisor. Eso me marcó mucho. Tanto, que han pasado muchos años y yo no he cambiado de idea.

¿Cuál? Yo no quiero tener televisor. No es que los odie a esos aparatos ni que me molesten, pero no quiero. Me informo de otra manera.

Y por eso cuando paso por acá, me detengo a ver algunas imágenes y me acuerdo de mi infancia porque en mi pueblo veía televisión, pero en casa de los vecinos. Y así fue durante muchos años, hasta que mi mamá sacó ese famoso televisor como premio en una rifa de la cooperadora de la escuela. Y ahora mi mamá no está. Al poco tiempo de recibirme enfermó gravemente y murió. Me hubiese encantado haberla tenido conmigo cuando comencé a trabajar y regalarle un televisor. Pero no pude. Tendré que seguirme conformando con llevarle una flor y como siempre conversar con ella mirando al cielo, no a su tumba, porque mi mamá no está ahí abajo. Está arriba. Bien arriba. Al lado de Dios”.

Recordé esta historia porque días pasados nos vimos en un negocio y ella cordialmente me recordó que alguna vez había contado sus vivencias en la radio.

Y fiel a su profesión me llenó de recomendaciones para mi salud. Saludos querida doctora Ana. Y vos también cuídate.

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