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Historias de San Luis: enseñanzas que perduran

Esta historia ocurrió el pasado martes 11 de mayo del 2021 a las 12.15 horas en la esquina de Constitución y Tomás Jofré.

Imagen ilustrativa

por Nino Romero

elchorrillero.com

Actualizada: 15/05/2021 23:57

Venía manejando mi automóvil por calle Constitución, y al llegar a la esquina citada, cruza un cortejo fúnebre por calle Tomás Jofré hacia el oeste.

Por supuesto, detuve la marcha para esperar el paso.

En la esquina norte de Tomás Jofré, un niño de unos 9 o 10 años vestido de ropas claras tenía intenciones de cruzar a la vereda opuesta, pero se detuvo en el acto.

Y lo que hizo fue persignarse. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Lo hizo mirando el automóvil que transportaba el ataúd, con una actitud que transmitía respeto y solemnidad.

Por la vereda del colegio Don Bosco venía caminando un señor que se sacó la gorra.

Y en mi caso, que estaba con la radio prendida, la apagué inmediatamente.

Por supuesto que me trajo recuerdos de enseñanzas recibidas en mi niñez.

Todos estos gestos, o actitudes vienen desde siempre.

Para muchos son cosas sin importancia.

Queda claro que para mí no es así.

Sucede que estas actitudes han sido avasalladas, olvidadas, dejadas de lado o no transmitidas.

Lo que me asombró fue la actitud de ese niño, que sin lugar a dudas había recibido esa enseñanza de su familia seguramente.

No tiene más de 10 años.

Y cuando terminó el paso del cortejo, el niño cruzó la esquina rumbo a su destino.

Lamentablemente no pude detenerme a intentar conocerlo más, porque detrás de mi rodado había varios impacientes por seguir su marcha.

Inclusive alguno tocó bocina para que encarara la esquina y cortara el paso de quienes acompañaban a su ser querido al cementerio.

No es una cuestión de religión sino de respeto.

Lo mismo que bendecir la mesa, costumbre que se mantiene en muchos hogares y no todos forzosamente católicos o evangélicos o cristianos. Llámelos como usted quiera.

Debemos saber aceptar esas enseñanzas que perduran en el tiempo y en muchas personas.

Los hermanos evangélicos o cristianos, cuando se manifiestan, es común escucharlos decir “gloria a Dios o gracias al Señor” y frases similares.

Es su manera de expresar el beneplácito, la alegría y el agradecimiento de lo que están diciendo o les están contando.

¿Qué son cosas perimidas, antiguas o fuera de uso?

Si miramos un poco más allá de nuestra nariz, nos daremos cuenta que no es así.

Y en hogares totalmente alejados de centros urbanos, sin posibilidades de asistir a una iglesia o a un templo cristiano, hay actitudes que se mantienen intactas.

No olvido que hace dos años, en una reunión familiar en una humilde casa de campo, no solo los dueños de casa invitaron a bendecir la mesa, sino que una vez terminado el almuerzo, una pequeña que recién comenzaba la escuela primaria se paró y dijo: “Gracias a mi Dios y a mi Padre San José que nos han dado de comer”. Y se persignó.

Por supuesto que se notaba en ella una formación católica y la madre, sentada cerca, me dijo: “yo le enseñé a agradecer así el pan de todos los días. Lo aprendí de mi padre y él de mi abuelo”.

Son enseñanzas que exceden lo religioso y están arraigadas en el corazón de mucha gente.

Son enseñanzas que perduran, más allá de todo y de todos.

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