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La vuelta a Bob en 80 vidas

El hijo pródigo que abrazó la electricidad sin quedar nunca satisfecho hizo todo el ciclo de sus épocas hasta convertirse en un renacentista entre dos siglos. Un músico que participó de la transformación del cine, alborotó a la literatura, formó parte, siempre incomodando un poco, de los vuelcos colectivos del mundo y del arte. En el aniversario de su nacimiento, ocurrido el 24 de mayo de 1941,aquí el repaso de Télam.

Bob Dylan.
Actualizada: 24/05/2021 13:40
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Por Gabriel Sánchez Sorondo

Dylan ’64: el nuevo cine verdad

“Sótano, remedio, pavimento, gobierno” dicen los carteles que va sacando el chico mientras suena “Subterranean Homesick Blues”. Algo de un rap antiguo, melódico y rabioso se abre paso como un tren; “sótano, remedio, pavimento, gobierno, despedido, tos, paga” van sumando las palabras pegadas como vagones traqueteando, las últimas de cada verso de la letra cuyo autor ahí está, es ese chico, de pie en un callejón.

Tiene 23 pero parece menor. Podría ser un asistente de producción, recordando con esas grandes hojas de papel escritas a mano lo que debe decir en escena, de este lado, el conductor olvidadizo. Las muestra y las descarta como el apuntador del parlamento al actor que mira, que es uno, observando la secuencia.

Mientras va soltando los carteles al suelo, una voz gangosa canta esas palabras, pero no él. Él sólo opera la cartelería. Va sacando esos naipes gigantes como un mago de una galera, no hace más que eso, no mueve la boca, no es nadie. Podría ser, sí, el adolescente que limpia los baños por las noches y ayuda con la letra a los actores mediocres que no se saben el texto.

Y cada carta es una espada, un diamante, un oro, un pic, un corazón. Y cada palabra que pertenece a la canción y cierra cada verso, lleva la empuñadura de su sonido en una música certera, motriz. Por eso, esas palabras, en lugar de caer al suelo se vuelven personales, declarativas, colectivas. El que está ahí es Bob, el de verdad.

“Don’t Look Back” testimoniaba la primera gira británica del joven profeta rubio, en 1964, obra de Donn Alan Pennebaker, el seguidor cámara en mano por excelencia de Dylan. Pennebaker, por su parte, integraba en los ´60 una corriente del documentalismo estadounidense ligada al realismo social, una versión americana del “cinema verité” donde los límites entre estética, testimonio y mensaje eran difusos.

El cantor y el cineasta conjugaron en esa histórica secuencia inicial de los carteles (precursora del videoclip tal como lo conocemos ahora) la tensión creativa de dos potencias. Fue un hito del cine y del rock. Y Bob estaba ahí.

Así se lo vio en la película de Martin Scorsese.

Su historia sin él

El cine lo buscó, pero a la vez Bob participó de la transformación de ese lenguaje al entrar en el celuloide, porque no lo hizo solamente como músico, sino como personaje ecléctico, como insinuador.

No hay mejor metáfora para contar a Bob que un acto creativo por excelencia: la película donde él no está, salvo en sus textos, en su música. Nadie lo nombra, y esa ominosa ausencia lo define en “I’m not there” (2007) del director Todd Haynes.

El cineasta que suo interpretas la complejidad de Dylan en un largometraje tan bien traducido por sus distribuidores como “Mi historia sin mí”, logró una forma biográfica distinta. Tenía al biografiado óptimo para el experimento. Y consiguió una obra de arte que, siendo ficción, es evidentemente cierta. En ella, Haynes hace la más ambiciosa deconstrucción de Dylan.

Se podría decir que “I´m not there” responde a una pregunta: ¿Cuántos y quiénes es Bob Dylan? La respuesta nos lo muestra en varios rostros: niño, negro, mujer, superhombre. Así, en “I´m not there” nada es cierto, pero todo es veraz.

Allí Dylan es seis veces. En seis distintas personas, nombres, épocas y circunstancias. Woody (Marcus Carl Franklin) el afroamericano de 11 años de edad que escapa; Robbie (Heath Ledger) el típico famoso que se aburre; Jude (Cate Blanchett), la estrella de rock sufriente, hostil, neurótica; John / Jack (Christian Bale), el líder folk convertido al cristianismo; Arthur (Ben Whishaw) el poeta; Billy (Richard Gere), el fugitivo: de esos fragmentos se compone la más original y merecida de las semblanzas.

Las partículas elementales

“Mi historia sin mí” plasma la mejor expresión de identidad en un retrato hecho de fragmentos.¿Acaso Dylan no fue y no se habrá sentido alternativamente negro, mujer, escapista? Nada es lo que es en esas imágenes, y todo lo esencial queda plasmado en ellas. Esas vidas, en sus distintos tiempos y espacios son partículas elementales del mismo ser. En la ráfaga de personajes que no son –que no podrían ser Dylan, por razones objetivas– está él. Haynes, el director apela allí a las principales facetas necesarias del diamante para constituirlo.

El rodar del trueno

Tiempo antes de 1975, Bob Dylan había desparecido. Segun la leyenda que el se ocupó de mantener difusa, venía de convalecer tras un grave accidente con su moto. Lo cierto es que quería volver y pergeñó una gira a la que que bautizó Rolling Thunder Revue con la que recorrería Estados Unidos y acabaría al año siguiente en Canadá.

Casi todo lo planificado fracasó (como en la Mágica y Misteriosa, de los Beatles) pero devino en algo aún mucho más interesante, décadas después, en manos del director emblema del rock: Martin Scorsese. ¿Quién otro podría cortar, editar y reconvertir un puñado de tomas desprolijas y shows en un poema visual y sonoro?

“Rolling Thunder Revue story” (2019) lo encuentra a Bob, otra vez, en formato documental. Como al principio, su presencia disrrumpe y en las imágenes se lo ve alimentarse del entorno para ser más él que nunca: poeta en Allen Ginsberg, activista en Joan Baez, actor, performer y catalizador de situaciones insólitas a lo largo de 57 ciudades en una troupe donde el dylanismo se multiplicaba. Scorsese –que ya había hecho su documental específico en “No direction home” (2005)– con mano maestra, mezcló, ahondó, y encontró lo que buscaba: Bob estaba ahí.

Bob fuera de sí

“A veces, el hombre que hay en mí se esconde para no ser visto”, dice Bob en “The man in me” (1970). La misma canción que versionaron y grabaron Lonnie Mack, The Persuasions, Joe Cocker, los Clash, Say Anything, Al Kooper, David Bazan, Buffalo Tom, My Morning Jacket, entre otras bandas. La fauna de intérpretes da cuenta, finalmente, de cuántos Bob hay en él escondido, cantables de tantas maneras.

En él hay pasado, y negro blues, y hay futuro y hay sangre nueva. Por ejemplo, en Emma Swift, la joven revelación vocal australiana que eligió debutar con “Blonde on the tracks”, un LP íntegramente hecho de canciones de Bob, que ella saldrá a presentar en vivo por su país, este mismísimo 24 de mayo, en homenaje al cumpleaños número 80 del patriarca.

Él es muchos, pero ¿quiénes son Bob, fuera de él? ¿Quiénes nos lo recuerdan llevándolo en sus voces?¿No hay acaso –o había, según corresponda– algo de él en Lennon, Bruce Springsteen, Bowie, Keith Richards, Cat Stevens, Paul Simon, Art Garfunkel, Neil Young, Tom Waits? ¿No hay mucho Bob en Joan Baez, Joni Mitchell, Patti Smith, Carol King?

Con Joan Baez, en 1975, antes de convertirse en su enemiga íntima.

Tan otros es, tan multifacético incluso en sus asperezas resulta el trovador, que también es otro desde su mismísimo nombre, robado, como se sabe, al poeta Dylan Thomas; finalmente un lirista como él.

Voz de arena y pegamento

“Robert Zimmerman, escribí una canción para vos”, canta David Bowie, en el track tres del lado b de “Hunky Dory” (1971) justo después del tema “Andy Warhol” ambas canciones formuladas desde esa admiración burlona que tenía el hombre de las mil voces. Precisamente, la letra de “Song for Bob Dylan” refiere en un tramo a la, en cambio, única voz de Bob “como arena y pegamento”. La destreza metafórica del inglés describe algo muy de entonces: el patito feo que se revelaba cisne; como Mick y su cara de mono, como Lennon y sus anteojos de ratón, como todo eso que en los sesenta se toma revancha.

¿Hay algún poeta por acá?

El 28 de agosto de 1964 Dylan visita a los Beatles en una habitación del hotel Delmónico en el corazón de Manhattan. Ansioso, pide que les lleven vino. Arma un porro con torpeza, sorprendiendo a los Beatles, que nunca habían fumado. Al cabo, fluyen las energías y todos quedan chochos. La historia es conocida. Pero a ella se agrega una continuidad musical que dejó huella en vinilo, cinco años más tarde, bajo el título “Rocky Racoon”,en el álbum blanco del ´68.

La canción de McCartney, cantada por Paul con su falso acento a Minnesota, la armónica celestial de Lennon y el piano honky tonk de George Martin se publica. Bob también estaba ahí.

“Le escribí un par de poemas a Bob cuando era joven” recuerda Patti Smith, que lo conoció en el 74, en Nueva York “Yo amaba a Bob Dylan desde que tenía 16 años y, de repente, ahí estaba. Entró al camarín y dijo: ‘Ey, ¿hay poetas acá?’. Yo, combativamente, como alguien que se porta mal para llamar la atención de quien le atrae, le contesté: ‘No me gusta la poesía’. Tenía un buen sentido del humor. Nos hicimos muy amigos”.

“Nunca podrías ser un Wilbury”

A la vuelta de todas sus glorias, en 1988, un grupo de músicos maduros se encontraron a despuntar el vicio. El seleccionado de oro lo integraba un Beatle (Harrison), un mito vivo y ciego (Roy Orbison), un eterno amigo de la casa (Tom Petty), un genio de perfil bajo que –dicen– fue quien más pulsó para unir a esos titanes (Jeff Lyne, alma mater de Electric Light Orchestra) y, claro, Dylan. Juntos hicieron apenas dos discos de puro rock californiano, pero tocado con el smowing de las deidades.

El cuarteto de voces y coros cascados, baterías discretas, melodías rústicas, sembró casi un legado de lo que merece la música pasada en limpio por amigos. Esa formación efímera, reconvertida en guiño para identificar lo que es genuino llegó incluso a las series del S.XXI. En “Billions” por ejemplo, vemos cómo moviendo la cabeza negativamente, un personaje le espeta a otro que carece de estilo, de clase, de madera. Y argumenta: “La gente se divide entre los que podrían y no podrían serlo; vos… vos nunca, nunca podrías ser un Wilbury”.

Siempre en boca de otros: “I don’t believe in Zimmerman”, dirá Lennon en “God” (1970). Como si la anterior especificidad de Bowie no hubiese sido suficiente. De un genio a otro, es el gesto desafiante al cancionista que aparece y desaparece. Esas y otras vueltas, y su vuelta a sí y a cada oyente, lleva mucho más que ochenta vidas. Dylan en los vivos y en los muertos, en el pasado y en el futuro, en pantallas y papel, está ahí.

Argentina Dylan

Desde luego, 80 es un número caprichoso, cuantitativamente menor frente al inabarcable espectro de músicos y poetas que fueron Dylan a su manera. Muchos de ellos se nutrieron de él se impregnaron de él, y después lo irradiaron en español, fueron argentinos, por esa suerte de fanatismos tan específicos que cultiva el país stone, ramonero y dylanesco.

León Gieco, el más honesto de los Salieris de Dylan.

Imposible olvidarse, al buscar versiones criollas, de Piero, de Pedro y Pablo, recogiendo el guante combativo. Cómo no hablar de León Gieco, émulo y plagiador confeso con su “Hombres de hierro” grabado en el 73, a la sombra de “Blowing in the wind”.

Andrés Calamaro: telonero en los 90 de la gira española donde lo presentó como “mi amigo Andrés, el rey del ritmo”.

Su heredero argentino al declinar la década del 80, cultor del aire ácido y los anteojos negros fijos, Andrés Calamaro, también abrió sus shows, pero en España, durante la gira de 1999. Apenas antes de publicar “Honestidad brutal” se sumó a la tripulación e incluso el propio Bob lo presentó a micrófono abierto: “mi amigo Andrés, el rey del ritmo”.

Más acá en el tiempo, ya a fines de los 90, emergió, en su recoleto pero tenaz circuito, Pablo Krantz, que en modo solista asume un francoargentino rol dylanesco con pedigree en el rock under rioplatense.

Celeste Carballo, fundacional telonera de Dylan en su primera de las 4 visitas que hizo Bob a la Argentina.

Por su parte, Celeste Carballo abrió en el concierto de Obras el 8 de mayo de 1991, primerade las cuatro visitas de Dylan a la Argentina.

Finalmente, si hablamos de voces que a su modo lo importaron al castellano en Sudamérica, también se le debe a la fundacional Gabriela Parodi, Gabriela, cantora pionera del rock argentino, que trazó con su “Campesina del sol” (1972) una postal inaugural del folk local; otra radiación Dylan, en timbre femenino.

El hijo pródigo que abandonó el hogar cómodo del country y abrazó la electricidad sin quedar nunca satisfecho: casi una representación dionisíaca de la propia condición humana que es al mismo tiempo, la historia de Bob Dylan.

Y vuelve en oleadas, marcando sus propias y nuevas épocas. En discos como “Tempest” (2012) con baqueta, acordeón y steel guitar, más blues y country que nunca. Con sus cuadros, que tienen algo de su compatriota Hopper. Y sorprende con detalles de vanidad, como el lanzamiento de su propio whisky (“Heaven´s door,” puesto a la venta en abril de 2018) que es también una forma de homenaje velada, quizás, a aquellos 18 whiskys que, dicen, se tomó su sosías galés Dylan Thomas antes de morir.

La novela del Nobel

En tren de sorprender, vaya si lo hizo Dylan, en particular a los argentinos ligados a las letras, que tienen con el Nobel literario una ancestral relación de amor-rencor desde que le fuera negado a Borges. Allí, como un eco del mundo, Buenos Aires se indignó primero cuando corrió la noticia de habérsele otorgado el premio. Y luego bramaron los enfurecidos, cuando el veterano predicador sajón se tomó, un poco arisco, su tiempo para recibirlo. Pero Bob, finalmente, sí: también estuvo ahí.

Tan argentino puede incluso llegar a ser el autor de “Like a rolling stone” que hasta el perro de un presidente de este país lleva su apellido. O, digamos mejor, su seudónimo, el que Bob tomó prestado de Dylan Thomas. Contra todo lo improbable, en eso, en esto, también está Bob.

Sobre el escenario, en junio de 2009, en Culver City, California.

Fuente: Télam

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