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Historias de San Luis: mi viejo Don Juan

El pasado domingo fue el día del Padre y tenía pensado contar algo sobre el mío, pero me ganó la angustia por Guadalupe y la historia fue otra.

Juan Cruz Vidal Romero.

por Nino Romero

elchorrillero.com

Actualizada: 27/06/2021 00:32

Mi viejo se llama Juan Cruz Vidal Romero. Aclaro que Vidal como nombre. Es una interesante historia familiar de inmigrantes con el tema de los apellidos.

Fue de los plomeros y gasistas habilitados con carnet por Obras Sanitarias de la Nación y Gas del Estado para realizar esos trabajos.

También fue hojalatero y tenía una fantástica maquinaria.

Su taller estuvo siempre en la casa paterna, que la levantó con sus manos y la ayuda de amigos.

Por esas cosas de la vida, hay una dirección en la ciudad que nos une con mi viejo: Rivadavia 563.

Les cuento porqué. En ese lugar funcionó el taller de don Arturo Priante, con quién mi padre trabajó cuando tenía 13 años.

Y en ese mismo lugar funcionó LV 13 Radio Granaderos Puntanos, donde comencé con mi oficio de locutor y periodista.

Hermosas coincidencias de la vida para mí. Aunque nada pasa porque sí.

Un día siendo adolescente decidió trabajar y no terminar la escuela secundaria.

Y estaba orgulloso de esa decisión de vida.

Fuimos muy compinches con mi padre. Siempre anduvo en bicicleta hasta que una enfermedad terminal le impidió hacerlo cuando ya tenía 82 pirulos. Murió a los 84.

Me regaló mi primer auto cuando cumplí 18 años. Fue un AMI 8. Nunca quiso aprender a manejar.

Un tipo generoso, noble, de voz fuerte y gestos ampulosos.

Aunque estuviese muy cansado, los sábados y domingos por la tarde me llevaba a la cancha a ver los partidos de la Liga Puntana. Cada uno en su bicicleta.

Estuvo vinculado a varios clubes. Huracán Obrero (ahora Huracán), Victoria, Sol de Mayo y el Club Belgrano, muy cerca de su casa en Mitre y Belgrano.

Por su taller desfilaban amigos que con el tiempo descubrí eran personalidades de la sociedad.

Mi felicidad era que llegaran las vacaciones de verano o de invierno, ya que me dejaba acompañarlo a las obras, y allí estaba horas con él viéndolo trabajar.

Nunca me quiso enseñar su oficio. Quería que estudiara y que fuera Maestro.

Sus obreros del taller desayunaban, almorzaban y merendaban con nosotros en familia.

Me ayudó en todo. Me bancó todo hasta que de muy joven comencé a trabajar y pude comenzar a ayudar en la casa.

Siendo yo muy joven tuvimos una única charla en su taller en la cual mi viejo se transformó en un hombre que me contó su vida, que no tuvo miedo de llorar delante de su hijo, y entendí muchas cosas de la vida.

Encontró en mi vieja, Adelaida, la mujer ideal para acompañarlo. Era laburadora mi vieja también. Mujer inolvidable y muy fuerte.

Soy el único hijo de ambos. Nací siendo ellos mayores de 40 años, lo que fue una aventura en ese tiempo. Y apostaron a la vida.

Estuve muy enfermo, me operaron a los nueve meses de edad de los intestinos y pude ingerir mi primera comida sólida a los 7 años. Y fue en una salida con mi viejo por supuesto. Ya he contado esa historia cuando escribí sobre los boliches y comedores de San Luis. Siempre sentí su amor incondicional.

Y tengo mucho para contar. Como seguramente los lectores de sus padres.

Formó muchas personas en sus oficios, que luego siguieron sus caminos de vida y son o fueron excelentes trabajadores.

Era un tipo muy especial mi viejo. Se hacía querer y él quería mucho también.

Tal vez por eso en su lápida puse la frase “era muy difícil no quererte”.

Gracias por permitirme recordarlo a Don Juan como le decían todos. Y en él a todos los gasistas, plomeros y hojalateros de mi tierra.

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