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“Jujuy desoído”: el relato cruel de las víctimas de Milagro Sala, a quien Rodríguez Saá defiende y quiere en libertad

Los principales medios de la Argentina se hicieron eco este fin de semana del documental “Jujuy desoído”, que dirigió Pablo Racioppi. Las voces le pertenecen a hombres y mujeres que “prefirieron el riesgo antes que el silencio”. Contaron los maltratos que sufrieron por parte de Milagro Sala, la líder de la organización barrial Tupac Amaru que se hizo poderosa con los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner; que maltrató y sometió a los jujeños con clientelismo, a fuerza de dinero y ejerciendo miedo con violencia.

Actualizada: 11/11/2021 13:04
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“Le ha pegado a mujeres, a vagos, a pibes. La Milagro no perdona. Si tenía que reventar la cabeza con un casco, lo reventaba. Siempre pegaban. A mí me pasó, me quebraron el facial, me quebraron la ‘carretilla’. Nos han tomado el pelo, nos han chupado la sangre”. El relato le pertenece a Miguel Enríquez, un ex integrante de la organización que supo ser chofer y guardaespaldas de Sala. Por esa función dijo que “vio muchas cosas”.

Natalia Bazán, es su pareja, y fue secretaria de la dirigente. A eso se sumó, tal vez el testimonio más doloroso, el de su hijo Octavio Bazán cuando era menor de edad. Por primera vez el joven contó que fue abusado sexualmente en la casa de Sala cuando estaba bajo la tutela de ella.

“Pocos saben lo que pasó. En ‘El Cantri’ yo sufrí una violación. Yo no dije nada, me mantuve muy callado por miedo y nadie me cree, porque ella lo escondió. Todas las personas que estuvieron ahí nunca dijeron nada. Vivo con miedo a la represalia hasta el día de hoy”, expresó.

Cuando llegó tenía 10 años y una imagen le quedó grabada: “Apenas ingresé, ya estaban pegándole entre cinco a un chico en la pieza de la Milagro. La regla era contestar todo que sí, si no la Milagro te lleva a la terraza, te pegan con él y cuatro años más”.

“Ella levantaba la bandera con los niños pero fue una maltratadora serial con ellos”, acusó Enríquez.

“Una vez su hija me quemó en la oreja, de la nada. Atrás de la oreja, con un cigarrillo. Otra vez me agarraron entre seis, en una pieza, me envolvieron en una sábana y me golpearon con toda la fuerza. Se reían y podía defenderme porque era un niño”, dijo Octavio en una parte de su relato.

En San Luis, Milagro Sala tiene a Alberto Rodríguez Saá como uno de sus defensores. Es tan directa la relación que los une, que el gobernador de San Luis no escatimó en gastos cuando en la Navidad de 2016 decidió ir a visitarla en la cárcel.

«Está en una situación que es la peor que pudiera encontrarse una persona, sin embargo tiene un liderazgo intacto, contagia entusiasmo y alegría sabiendo que es una presa política, que es una situación de mucha injusticia», declaró en ese momento. En sus redes sociales escribió: “Una noche que recordaré para siempre”.

Después de cenar con ella en el penal, Rodríguez Saá visitó Alto Comedero, donde Sala instaló el epicentro del poder.

Ese año, además, fue uno de los primeros gobernadores en pedir la liberación de la mujer que había sido detenida por la presunta comisión de los delitos de asociación ilícita, tentativa de homicidio, enriquecimiento ilícito y evasión fiscal.

Soledad Mendoza contó el día que militantes de la Tupac Amaru le usurparon la casa, le rompieron el auto y le dispararon a ella y a su madre para intimidarlas. “A mi mamá le pegaron, le agarraron de los pelos, la ramearon. La salí a defender pero a mí me pegaron más que a ella”, señaló. También expuso que a los perros dogo que tenía los degollaron y los colgaron en un árbol. “Nos dejaron sin patio. Escribieron un cartel con carbón y pusieron: ‘Esto te va a pasar a vos si seguís jodiendo’”, precisó. Luego graficó a Milagro Sala en acción: “Apareció a las patadas diciéndoles a los tupaqueros: ‘Yo doy la orden para que haga una Copa de Leche acá. Las que les paga soy yo y ustedes van a hacer lo que yo les digo’. Agarraron mi casa como si fuera un terreno baldío. Soy una mujer que vive aterrorizada”.

Entre lágrimas Carmen Rosa Fernández relató cómo Sala sometió a golpes a su hija, después de despojarla de su vivienda y quitarle la beba. La mujer pudo recuperar a si nieta cuando un hombre intentaba llevársela de una plaza donde las habían llevado para golpearlas.

“Estaba lleno de personas sentadas como indios. A mi hija la pusieron de frente a ellos y a Sala. Era como si ella fuera un juez y la sentenciaba. Me empezó a insultar a mí también. ‘Otra mal agradecida de mierda, muerta de hambre’ me dijo”, aseguró para referirse “a un museo”, el lugar donde habían llevado detenida su hija.

“Milagro tenía unos anillos en una de las manos que no me voy a olvidar. Le pegaba por toda la cara. No la dejaba de golpear. No podía hacer nada”, dijo.

Matías y Sebastián Romay, también hablan en el documental y dieron detalles de “el puente de la amargura”, uno de los tormentos que sufrieron: “Se armaba una doble fila como de 10 metros y había que pasar por ahí. Te tiraban trompadas, patadas, lo que venga. Era imposible pasar”. Otro se refirió directamente a Sala: “Una vez me dijo, con un arma, que sabía que yo tenía un hijo”. Y recordó la frase que ella decía: “A mí no me va a temblar la pera”.

“Si alguien desobedecía, lo llevaban al dique”, indicó Daniel Orellana para contar algo parecido que vivió cuando integraba la fundación que había creado su madre para conseguir planes sociales: “A mí no me tocó ver los pececitos de colores pero me llevaron ahí. Me rodearon entre todos y ella me puteaba. Yo no le aflojaba la mirada, porque si lo hacías, aprovechaba. Cuando te pasaba eso, se podía esperar cualquier cosa; podías esperar la muerte. No había forma de decirle que no; no tiene límites”.

“Al ver tanto dinero y poder, ella se enriqueció. Yo daba cursos de capacitación y vi el maltrato a mis compañeras que daban corte y confección. Eran señoras mayores y les hablaba mal. ‘Qué te dije yo, vieja de mierda’. Era prepotente. Golpeaba a personas grandes. Yo fui testigo de los golpes”, revivió por su parte Carmen Rosa Fernández, una trabajadora de los talleres de la Tupac Amaru.

Mabel Balconte, que llegó a ser diputada por la Túpac Amaru, relata cómo era la operatoria y cómo se retiraban del banco los bolsos de dinero en efectivo, cada vez que la Nación hacía las transferencias.

“Si no estábamos encolumnados detrás de la organización no teníamos nada. Íbamos a pedir una bolsa de mercadería y nos preguntaban: ‘¿vos estás con la Milagro?’ Si no estabas, no había nada. El Gobierno nos llevaba a encolumnarnos ahí, no había otra salida”, cuenta.

Además, miembros de la Comunidad originaria Maymaraes cuestionaron la pertenencia que exponía Milagro. Apuntaron que en Bolivia se compraban los trajes que usaban en los desfiles o cuando viajaban a Buenos Aires: “Se disfrazaban, pero nunca representaron a ningún pueblo originario”.

A una cooperativa de la agrupación de Sala se la acusa de la toma de un terreno en Humahuaca, en 2012. Allí lo habitantes se resistieron y hubo un enfrentamiento: “Pato” Condorí murió por el impacto de una bala.

Unos años después, en la entrada al pueblo colocaron un cóndor con las alas abiertas, el cual construyeron con los hierros de los autos que se incendiaron durante la resistencia. Para recordarlo, cada año se celebra en ese lugar el Día de la Dignidad Humahuaqueña.

En lo más reciente, el gobernador puntano insistió en sus reclamos para favorecer a la militante: “La lucha debe ser incansable, libertad a Milagro Sala y a todos los presos políticos”. Fue a mediados de diciembre del año pasado cuando el Rodríguez Saá se sumó al pedido que hizo el kirchnerismo en el inicio de la semana: “Una Navidad sin presos políticos”. Por esto, hubo movilizaciones a favor de ex funcionarios de Néstor y Cristina Kirchner que fueron a la cárcel por corrupción.

“Un minuto para Milagro Sala, en las condiciones que está, es como para nosotros un año. Pongámonos en el lugar de los compañeros. Por eso debe ser incansable la lucha por su libertad”, pidió durante una videoconferencia en la que participó Sala.

 

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