VILLA MERCEDES
Abusos en un club de golf: el tribunal admitió que el niño fue víctima, pero entendió que el acusado no fue el culpable y lo absolvieron
Las juezas Daniela Estrada, Virna Eguinoa y Sandra Ehrlich coincidieron en que no había evidencia suficiente para condenar a J.R. Sostuvieron que el relato de la madre del nene era inconsistente, mencionaron la falta de una Cámara Gesell y de informes psicológicos al imputado, entre otros elementos. Le ordenaron a la fiscalía investigar quién fue el abusador.
Por Marina Rubio
Los niños son como una esponja. Todo lo absorben. Escuchan una palabra que no conocían y luego la repiten. Ven algo que nunca habían visto que podían hacer y después lo reproducen. Eso le pasó a J. cuando fue a la colonia de verano, entre mediados de diciembre de 2023 y mitad del mes siguiente, en un club de golf de Villa Mercedes. El chiquito no habló en una Cámara Gesell para demostrar que J.R. había abusado de él un mes completo en esa colonia. No necesitó poner en palabras lo que experimentó con hechos. Le mostró al resto lo que había aprendido, según la fiscalía, de ese hombre.
Sin querer, a diario o casi todos los días, después de conocer a ese empleado del club, empezó a practicar con sus compañeritos de escuela, con un tío y hasta con su propio padre lo que “J…” le hizo. La defensora oficial, Rocío Mediavilla, dijo que no había evidencia que probara que J.R. lo había ultrajado. Señaló que no hubo un relato del niño, cuando J. claramente con las palabras que una inocente criatura de cuatro años puede hallar le reveló a su madre que “J…” le había dado “besitos en el piti.. y la cola”.
Sus acciones delataron a ese J… Después de conocerlo el nene cambió de manera radical. Comenzó a usar palabras obscenas. A espiar a sus compañeritos. A practicar juegos de índole sexual. Intentó besar en la boca a esos otros nenes. Con su padre y un tío fue, incluso, más lejos: se agachaba para besarles la entrepierna.
Mediavilla también remarcó que no hubo testigos; cuando es bien sabido que los delitos contra la integridad sexual solo en una excepcionalidad, una alineación del cosmos y una increíble coincidencia de tiempo y espacio, pueden llegar a contar con alguien que los presenció. Los abusos son justamente una clase de delito que, por lo general, los investigadores deben reconstruir con pruebas entre las que casi nunca están los testimonios de testigos oculares.
Pero declaraciones hubo, y muchas. No solo de la madre de J. que habló lo que su hijo le confesó, también las de su padre, su tío, su niñera, su psicóloga, sus maestras y hasta de los papás de otros compañeros. Aparte de sus palabrotas y sus acciones sexualizadas, estaba agresivo, nervioso y con solo ver al acusado por la calle se orinaba encima. Todos notaron que era otro J. después de la colonia. No fue casualidad. Tampoco coincidencia.
El ahora absuelto empleado del club de golf junto a su defensora (izq.).
Pero las juezas Daniela Estrada, Virna Eguinoa y Sandra Ehrlich no entendieron lo mismo. Todas coincidieron en que ese pequeño fue víctima de abusos, sí. Pero, desde sus puntos de vista, no fue el empleado del club de golf el responsable de ellos. Por eso el mediodía de este martes lo absolvieron por el beneficio de la duda. Así como J.R. llegó libre hasta esta instancia de debate oral, se fue caminando a su casa.
Después de oír el fallo que leyó el secretario del tribunal, José Molto, el ahora ex imputado elevó la cabeza al cielo y exhaló aliviado. Lo siguiente que hizo fue fundirse en un profundo abrazo con su defensora, casi como si la considerara de la familia. Enseguida se arrimaron los parientes de él e hicieron lo mismo: le agradecieron con un afectuoso abrazo a Mediavilla el haber defendido con tanta garra al hombre.
Del otro lado de la sala había una familia rota, la de la víctima. No dijeron o, al menos, no dejaron escuchar nada de su terrible desilusión con la justicia en el recinto. Cuando salieron de la sala de juicios ya no pudieron contener su dolor. El padre de J. abrazó a la madre del niño. La mujer lloraba sin consuelo. “Fue él, fue él”, decía segurísima. Una de las familiares que la acompañó hasta este momento, le sobó la espalda. “La justicia es una mier…”, afirmó, como si con eso pudiera calmarla.
“Le cag… la vida a mi hijo, a mi familia, a todos”, se desahogaba la mamá del chiquito. “Va a estar bien, va a estar bien”, le repetía la otra mujer.
Las tres juezas están de acuerdo en que el chico sufrió abusos sexuales, pero no que J.R. fue el autor de esos repetidos hechos. En su resolución, adelantaron por qué llegaron a esa conclusión. Entre otros fundamentos, indicaron que no había pruebas suficientes para apuntar al hombre como el responsable de los ultrajes, la falta del testimonio del menor de edad en una Cámara Gesell, las inconsistencias en el relato de la madre, la falta de incorporación de informes psicológicos y psiquiátricos al acusado, la inexistencia de elementos que ubiquen al hombre en el lugar y momento de los vejámenes, algo que, según aclararon, pudieron constatar cuando inspeccionaron las instalaciones y el predio del club de golf y el hecho de que la fiscalía no descartó otras hipótesis, es decir, no averiguó si el abusador pudo ser otra persona.
Por todo eso, hacia el final del fallo, las juezas ordenaron el giro de las actuaciones nuevamente a fiscalía para que “hallen al verdadero culpable”. En otras palabras, mandaron al fiscal de turno que “investigue” quién realmente ultrajó a J., a tal punto de enseñarle a los cuatro años a practicar sexo oral.
J.R. estaba imputado por “abuso sexual gravemente ultrajante” en concurso real con “corrupción de menores”. El jueves pasado, en los alegatos de clausura, el fiscal Leandro Estrada había ratificado que fuera condenado a 15 años de cárcel. No pasará ni un minuto allí.