La profecía autocumplida
Todo empezó el viernes 23 de febrero de 2024, durante el cumpleaños de una compañera del jardín de la más chica. El padre llevó a los chicos al encuentro y, a pedido de la madre, aceptó que pasaran el fin de semana con ella. Pese a haber tenido conflictos previos, confió en que se trataba de una visita más. Al día siguiente, cuando pidió hablar con ellos para coordinar el inicio de clases, recibió una respuesta inesperada: se iban de viaje a Cataratas.
“No los pude detener. No sabía dónde estaban. Tuve que dejarlos ir sabiendo que se los estaba robando”, relató a Telenoche.
Desde ese momento, los chicos —escolarizados y con una rutina estable— dejaron de asistir al jardín y al colegio. La primera intervención judicial fue un impedimento de contacto, pero desde la propia fiscalía contravencional advirtieron rápidamente que el caso excedía su competencia: se trataba de una sustracción internacional de menores.
Recién en abril llegó el primer dato concreto: un informe ubicaba a los chicos en Río de Janeiro. Sin embargo, el expediente seguía radicado en una fiscalía contravencional, lo que impedía avanzar. La orden de captura internacional y la alerta roja de Interpol se dictaron meses después, en septiembre, pero no tuvieron efecto inmediato: en Brasil, el secuestro parental no es un delito penal y la alerta no podía ejecutarse.
Durante meses no hubo novedades. La búsqueda de José María solo fue posible gracias a una campaña en redes sociales que permitió obtener información clave.
En mayo de 2025, un seguidor aseguró haber visto a los chicos en una isla de Río de Janeiro. Interpol confirmó el dato, pero pidió que el padre no viajara: sin una orden nacional brasileña, no podían intervenir.