POR MARINA RUBIO
La madre de Maxi Chávez dijo que Brisa golpeó a su hijo varias veces, quiso quemarle la ropa y hasta le pegó a ella
Contó que una vez el joven llegó a su casa ensangrentado y pidiendo ayuda, porque su pareja lo había atacado y dejado a su bebé, de apenas meses, solo en la casa. Dijo que su hijo y su familia tuvieron que mudarse cuatro veces porque Brisa Brizuela tenía problemas con todos. “Se le ponía un capricho que quería comer algo y si mi hijo no tenía plata, ella reaccionaba mal”, relató.
Por Marina Rubio
Violenta. Fue el adjetivo que más utilizaron los padres de Maximiliano Chávez para referirse a Brisa Gianella Brizuela, la acusada de matar a su hijo. No porque los fiscales y, mucho menos, los abogados defensores se lo preguntaran, sino porque hablar sobre ella era sobre todo hablar sobre violencia. Miriam Elizabeth Gómez y Javier Nicolás Chávez, los padres del joven asesinado de una puñalada, se sentaron este miércoles frente al tribunal que empezó a juzgar a su exnuera. Sus declaraciones dejaron a la vista ante todos en la sala que la imputada no solo fue agresiva con su hijo, sino que hacía lo mismo con todos, así manejaba su vida y por eso con todos tenía problemas.
“Miren que yo soy grandota —indicó Miriam para que los abogados tuvieran una referencia — pero (Brizuela) me agarró de los pelos, me tiró sobre una cama de una plaza que tenía, antes de tirarme al suelo. La mujer no mide menos de un metro ochenta y es corpulenta. Ese episodio, según contó, sucedió el mismo día que la joven le pegó a su hijo, al punto de hacerlo sangrar, para después irse de su vivienda y dejar a su criatura, de apenas meses, sola, en medio de una cama, en un domicilio donde no había nadie.
Pasadas las 10, tras la apertura del debate oral, los jueces Virna Eguinoa, Daniela Estrada y Mauro D’Agata Henríquez les cedieron la palabra a los fiscales Ernesto Lutens y Leandro Estrada, el abogado de la familia de la víctima, Javier Darnay, y los defensores de Brizuela, Marcela Antequeda y Gustavo Reviglio, para que expusieran sus alegatos de apertura. En el recinto de juicio, en la zona del público, no había más que policías, medios de comunicación y apenas algunos parientes y allegados de los Chávez y los Brizuela. Afuera, en los pasillos de tribunales, había un mundo, parientes de Maximiliano y la victimaria. Algunos arrimados a la pared para ver si así podían escuchar algo de lo que hablaban en la sala. No podían ingresar porque todos están citados como testigos. Una vez que declaren podrán entrar.
Se perdieron de oír a los padres del muchacho de 26 años. Sus relatos no fueron extensísimos. No hizo falta, puesto que fueron claros. El primero en declarar fue Javier. Contó que su hijo comenzó a vivir con la acusada cuando tenía 20 o 21 años. Primero estuvieron en la casa del abuelo materno de Maxi en calle Leonismo Argentino, luego alquilaron un domicilio por calle San Juan, también vivieron con una madrina, hasta que finalmente terminaron en lo de la madre de Brisa, en la UOCRA, un sector del barrio La Ribera que se llama así en honor a los trabajadores de la construcción.
“Maxi era una excelente persona, no lo digo solo porque soy el padre, lo dice todo el mundo. Trabajaba, jugaba al fútbol y se la pasaba todo el día con el bebé”, resaltó.
—¿Cómo era la relación de él con Brisa? —preguntó Lutens.
—Era mala. No se llevaban bien —respondió el testigo.
— ¿Usted vio episodios de violencia en la pareja? —consultó el fiscal de juicio.
—Sí, varias veces —contestó con seguridad el hombre.
—¿Cómo era? —ahondó el funcionario público.
— Lo que pasa es que ella lo tenía dominado. No lo dejaba hacer nada a él. Siempre fue dominante —resumió Javier.
Lutens indagó sobre si alguna vez su hijo le reveló que su pareja lo agredía. El testigo dijo que sí, que solo una vez se lo confesó. Pero era evidente de que no se trató solo de una ocasión aislada. “Siempre aparecía rasguñado en la cara o golpeado”, afirmó.
Javier recuerda como si fuera ayer la última vez que habló con la víctima. El sábado 21 de noviembre de 2024, 40 minutos antes de ser asesinado, a las 13:50, el joven llamó a su padre. “Me preguntó si estaba en casa, cómo estaba y le pregunto cómo estaba él, si iba a jugar al fútbol porque era sábado”, relató. Lo que mantiene latente en su mente sobre esa última comunicación fue el tono triste que tenía. No parecía él. “No era la voz normal que sabía tener, estaba triste y desganado”, destacó.
—Usted dijo que el señor Maximiliano trabajaba. ¿A qué se dedicaba? —preguntó Antequeda.
—Conmigo trabajó con el tema de pintura. Estuvo trabajando en Koh-i-noor, pero después lo dejaron sin trabajo cuando terminó el contrato —rememoró.
—¿Puntualmente al momento de su fallecimiento en qué trabajaba? —insistió la abogada.
—Creo que estaba desempleado, señora, en ese momento —respondió Javier.
—¿Tiene conocimiento de que el señor Maximiliano consumía algún tipo de sustancia? —dijo sin rodeos la letrada. Se refería a si se drogaba.
—No, la verdad que ni idea de eso —afirmó.
La sangre todavía fresca y ella sentada afuera, fumando un cigarrillo
La siguiente en declarar fue Miriam. Le hicieron casi las mismas preguntas que a su marido, pero ella tenía aún más para revelar. Pues, según afirmó, sufrió en carne propia la violencia de su exnuera. Sucedió cuando el hijo de la víctima, que este año cumplirá cuatro años, tenía apenas pocos meses de vida. Fue un 13 de septiembre.
Ese día la testigo se había comunicado por teléfono con su hijo. Habían quedado en que, cuando Miriam terminara de trabajar, él pasaría y su familia irían a visitarla. “Después él llegó corriendo, todo ensangrentado”, aseguró.
—¿Qué te pasó? —le preguntó desesperada su madre.
—Andá a la casa del abuelo y fíjate el bebé, mamá —le pidió mientras recuperaba el aire.
“Cuando yo llego a la casa de mi papá, que no había nadie, estaba el bebé sobre la cama llorando. Lo habían dejado solo”, relató la testigo.
—¿Por qué estaba ensangrentado su hijo en ese momento? —consultó Lutens.
—Porque Brisa lo había golpeado —aseveró la mujer.
—¿Era habitual la violencia en la relación? —profundizó el letrado.
—Cuando yo trabajaba, por ahí recibía llamadas de la hermana de Brisa, diciéndome que habían peleado, que discutían, pero eran discusiones de pareja —contestó.
Al hallar a su nieto solo, en medio de la cama, Miriam lo tomó y lo llevó a su domicilio. Sin entender todavía lo que había ocurrido regresó a lo de su padre, donde vivía por entonces su hijo con su pareja. Solo fue para problemas. “Volví a la casa de mi papá y la señora Brisa me agredió. Miren que yo soy grandota, pero me agarró de los pelos, me tiró sobre una cama de una plaza que tenía, antes de tirarme al suelo”, contó.
Dijo que, a pesar de ser ella la atacada ese día, la acusada la denunció ante la Justicia y así consiguió una orden de restricción que le impidió acercarse a ella y a su nieto durante más de un año. En ese lapso tampoco pudo ver a su hijo. Aunque la medida judicial no le impedía tener contacto con Maximiliano, sostuvo que su exnuera lo manipuló para que no se allegara ni comunicara con su mamá.
De todas formas, indicó que la primera en violar esa orden fue la propia imputada. Pues era ella quien iba a su domicilio.
Inicio del juicio. El tribunal (al fondo) está conformado por los jueces Mauro D’Agata Henríquez y Daniela Estrada.
Aseguró que con su marido fueron testigos de algunos hechos de violencia de parte de Brizuela contra su hijo, pero se enteraron de que existieron aún más tras el homicidio. “Un día fueron a almorzar a casa, se acostaron a dormir la siesta en la habitación de mi hija y discutieron porque Maxi quería ir a la cancha solo y ella no se lo permitía”, recordó. Eso la “puso agresiva y empezó a golpear a Maximiliano”. Dijo que ella y su marido estaban en su dormitorio sin entender a qué se debía el alboroto. Todo terminó cuando “ella salió gritando”.
“Había muchos conflictos. Los vecinos me llamaban y me decían que era porque la señora Brizuela se enojaba, se le ponía un capricho de que quería comer algo y mi hijo tenía que salir y por ahí si no tenía plata ella reaccionaba mal”, aseguró. Supo luego que hasta intentó quemar la ropa de su hijo, en su habitación.
—¿Puntualmente, a qué se dedicaba a su hijo? —insistió Antequeda, como si fuera un pecado estar desempleado, cuando el país atraviesa una de las peores crisis económicas de su historia.
—Sé que trabajaba de albañil. Pero estuve como un año y pico sin verlo, no tenía mucho contacto por la orden de restricción. Sabía que trabajaba de ayudante de albañilería, pero no sé dónde —respondió la mujer.
—¿Tenía conocimiento de que consumía? —preguntó la abogada.
—Sabía que fumaba porro. Disculpe, no sé cómo se dice. Pero no cocaína— contestó sonrojándose cuando hablaba del cigarrillo de marihuana.
—Usted contestó que su hijo fue criado en una familia con valores. ¿Ustedes, como familia, desarrollaron una actitud para que consumiera? —puntualizó la defensora.
—Jamás —remarcó tajante Miriam, quien afirmó que se enteró, tras el crimen, de que la víctima fumaba hierba de manera esporádica.
Lutens tuvo que inevitablemente preguntar sobre el día que mataron a su hijo. Dio a entender que hasta el último momento la acusada, su madre y su hermana intentaron cubrir lo que había pasado. Alrededor de las 14:50, la joven, que ahora tiene unos 22 años, la llamó. “Maxi, Maxi. Mandáme una ambulancia”, le dijo y cortó.
“Me volví a comunicar, pero no atendió. Llamé a la madre y me dice ‘lo estamos reanimando, va en una ambulancia. Váyanse a la guardia del policlínico’”, relató que le avisó la otra mujer. Los padres del muchacho no comprendían qué había pasado. Lo primero que pensaron es que su hijo se había accidentado en su moto, después de jugar al fútbol, volviendo a su casa de La Ribera.
Creyendo que estaba en el hospital se fueron hasta allá. Una hora esperaron por el joven. jamás lo hicieron ingresar por la guardia del centro médico. “Le preguntamos a una enfermera y después salió un policía y nos dijo ‘a nosotros no nos han avisado nada de que venga una ambulancia’, ni sobre ningún accidente”, rememoró. Desesperada, Miriam llamó a la acusada, pero ella nunca atendió. Entonces, llamó a su madre. “Veníte para mi casa”, le indicó.
Cerca de las cuatro de la tarde los padres llegaron al domicilio donde vivía Maximiliano. La calle estaba vallada. Había patrullas y una muchedumbre amontonada. En medio de ese babel, afuera, sentada sobre ladrillos block estaba Brisa. Fumaba un cigarrillo. Una mujer policía se le acercó a Miriam, le pidió que se calmara y le dio la noticia más triste de su vida. “Su hijo está muerto dentro de la casa”, le reveló a secas.
En ese punto, ya entre lágrimas, contó que después de que su exnuera lograra una restricción de acercamiento le consultó por qué no intentaba salir de esa relación conflictiva. “Vos sos el único que puede hacer algo”, le planteó. “Ella es mi familia. Yo la amo a ella y mi hijo está con ella”, le respondió en ese entonces, quien ahora no está.