POR MARINA RUBIO
Barrieron la sangre, quisieron baldear la escena del crimen y le dijeron a la madre de Chávez que su hijo fue apuñalado por un “motochorro”
Miriam Gómez, la mamá de la víctima, contó que hasta último momento un familiar de Brisa Brizuela, su exnuera y acusada de matar a su hijo, le mintió. Los policías contaron que la imputada se había cambiado la ropa y había dejado en remojo las prendas ensangrentadas. Hasta pusieron las sillas sobre la mesa, para echar agua en el piso y limpiarlo de los restos hemáticos.
Por Marina Rubio
El día que Maximiliano Chávez fue asesinado de una puñalada por Brisa Brizuela, su pareja y madre de su hijo, a Miriam Elizabeth Gómez, su mamá, primero le dieron una versión sobre lo que pasó con el joven. Luego, cuando estaba a metros y segundos de saber la verdad, le contaron otra historia. Ninguna era la real. Según declaró en el juicio contra su exnuera, la familia de la acusada le mintió hasta último momento. Primeramente, la madre de la imputada le avisó a Miriam que fuera al hospital porque ya estaba en camino su hijo, en una ambulancia. Después, cuando la mamá del muchacho estaba afuera de la escena del crimen, en un momento de desesperación, otro familiar de Brisa le relató que su hijo había sido apuñalado afuera por un ladrón. La verdad es que su cuerpo yacía en el interior de su casa del barrio La Ribera, con una puñalada de la mujer que hoy es juzgada y, en ese momento, tras el homicidio, se había sentado en la calle a fumar un cigarrillo.
Ese dibujo de lo que había pasado la acusada no solo lo intentó con su suegra sino también con los investigadores. De acuerdo con lo que declararon cuatro policías que inspeccionaron la vivienda donde mataron al hombre de 23 años, a simple vista, ya advirtieron que la escena había sido alterada. Habían barrido con una escoba la sangre que había derramado el joven en su agonía y alcanzaron a subir las sillas sobre la mesa, pero no tuvieron tiempo suficiente para baldear el piso y hacer desaparecer por completo el líquido rojo.
El 21 de diciembre de 2024, durante la mañana, la víctima había llamado por teléfono dos veces a su mamá. Pero ella no contestó porque, en ese momento, estaba en el trabajo y allí siempre coloca su celular en silencio. Se comunicó después con su padre, Javier Chávez. El hombre le preguntó a su hijo cómo estaba y si iba a jugar al fútbol porque era sábado. Al cortar la llamada, Javier le dijo a su esposa: “el Maxi está triste”.
“Seguramente ha peleado con Brisa. Va a ir a la cancha y se le va a pasar”, le contestó Miriam, pensando que era otra de las tantas discusiones que su hijo tenía con la acusada. El padre que Maximiliano notó que “no estaba normal”, no lo oyó como lo sentía a diario. Tenía razón, no fue un día normal. Aunque el muchacho todavía no lo sabía, le quedaba menos de una hora de vida.
“Tres menos diez de la tarde recibo una llamada. Me dicen ‘El Maxi, el Maxi, mándame una ambulancia’ y me corta. Era Brisa. Me vuelvo a comunicar y no me atiende”, relató Miriam. Se contactó, entonces, con la madre de la imputada. “Lo estamos reanimando, en una ambulancia. Váyanse a la guardia del policlínico”, le contestó.
Los padres del muchacho asesinado no sabían qué había ocurrido. Lo primero que pensaron es que su hijo había tenido un accidente con su moto en la ruta, después de jugar al fútbol, cuando regresaba a la casa de la madre de Brisa, donde vivía últimamente.
Con la preocupación a cuestas, Miriam y Javier se dirigieron al hospital de Villa Mercedes. Una hora esperaron en la guardia, en vano. “Sale una enfermera, sale un policía y le preguntamos. ‘Señora, a nosotros no nos han avisado nada de que venga una ambulancia’”, le respondieron en el centro médico. La mujer llamó nuevamente a la madre de la acusada. “Veníte para mi casa”, le dijo.
Cuando Miriam arribó a la casa 2 de la manzana 1715, en el barrio La Ribera, cuyo sector es conocido como la UOCRA, el domicilio estaba vallado, repleto de gente y patrullas policiales. El primer rostro que pudo distinguir entre la multitud fue el de Brisa. “Estaba sentada afuera en unos blocks, fumando un cigarrillo”, relató. En eso se le acercó Candela, otra pariente de Brizuela. Lloraba.
—¿Qué pasó con Maxi, Candela? —le preguntó desesperada la mujer.
—Vinieron dos chicos en una moto, el de atrás se bajó y lo apuñaló a Maxi —respondió la tal Candela.
—Dejá de mentir, si hubiera sido así acá tendría que haber un charco de sangre —manilfestó Miriam.
Una mujer policía se le arrimó, le pidió que se calmara y le dijo la verdad. Es decir, el cadáver de su hijo estaba en la casa, donde lo habían matado. Después el hermano de quien hoy juzgan, Patricio, le expresó con lágrimas: “Mire, perdón, si hubiese estado yo, esto no hubiese sucedido”. La mujer llegó a declarar eso y, a continuación, lloró por segunda vez en su testimonio. Ya no pudo seguir.
Los siguientes en declarar fueron el jefe del Departamento de Homicidios, el comisario Sebastián Tula, el subcomisario Luis Alaniz, otro efectivo de ese departamento de la Policía y el comisario Pablo Melano, a cargo de Criminalística. Todos coincidieron en que el cadáver estaba tendido en el suelo. Fue movido, posiblemente por el personal médico del Sempro que intentó reanimar a la víctima sin éxito.
En el lugar había rastros de sangre, en forma de goteo en distintos lados, pero la mayoría se concentraba cerca de una barra que dividía la cocina comedor. Ese fue el sector donde presumen que Brisa apuñaló, de una certera estocada en el pecho, al padre de su hijo, de dos años por entonces.
Maximiliano murió por un shock hipovolémico, o sea, una pérdida de sangre incontrolable. En el suelo no hallaron un charco, un derrame pronunciado de los restos hemáticos, aclararon. Pero sí percibieron a las claras que había una zona del suelo donde pudo haber una laguna de sangre. A pesar de que el piso era de cemento, las cerdas de una escoba habían marcado sus líneas allí.
“Las sillas estaban arriba de la mesa, como si las hubieran subido para baldear ahí”, dijo uno de los efectivos. En el baño, dentro de la bañera del bebé, encontraron dos remeras, un jean y hasta ropa interior en remojo. No era agua clara o blanquecina, teñida por el jabón, sino que estaba roja. Si no fuera por su aspecto demasiado acuoso, más ligero que la sangre, cualquiera lo hubiera confundido con el líquido sanguíneo. En un bretel de un corpiño azul de Brisa había quedado una pequeña mancha roja.
Pero nada tenía más sangre que la camiseta de fútbol que vestía la víctima y que los paramédicos tuvieron que abrir de un extremo a otro para atender al hombre. Todas esas prendas fueron exhibidas durante el juicio para su reconocimiento. La acusada lloró cuando le mostraron frente a frente la ropa y hasta los dos cuchillos que secuestraron en la vivienda. De todas formas, ninguna de esas dos armas blancas fue la que utilizó para asesinar al "amor de su vida".