POR LEONARDO KRAM
Del aula a casi tocar el cielo: es docente de matemáticas de San Luis y subió uno de los cerros más altos de América Latina
Jessica Alejandra Gerry decidió pasar su cumpleaños 40 con el ascenso al Cerro Mercedario, de 6721 metros de altura.
Por Leonardo Kram
“La montaña es mi cable a tierra, es el lugar donde me desconecto totalmente y soy la montaña y yo”, se animó a describir Jessica Alejandra Gerry, de 40 años, sobre su afición.
Ella es profesora de matemáticas, coordinadora regional de las olimpiadas de la materia pero los fines de semana, vacaciones y feriados su tiempo lo dedica a otra pasión. Y el pasado 26 de enero, día de su cumpleaños, la puso a prueba como pocas veces en su vida, con el ascenso al Cerro Mercedario, de 6721 metros sobre el nivel del mar, de los picos más altos de América Latina.
“Me quería regalar esa cumbre”, dijo la docente, que vive en El Volcán y también forma futuros educadores en el Instituto de Formación Docente (IFDC). Sus experiencias con el montañismo se iniciaron hace 12 años. Un compañero de trabajo le contó que había subido al Aconcagua, la montaña más alta del continente y ella sintió curiosidad por el desafío. En 2016 ascendió por primera vez y luego repitió la expedición en 2019.
También hizo cumbres en Catamarca, Mendoza y San Juan. “Como montañista, algunos se plantean el objetivo de hacer las montañas más altas de América”, recordó. En el año previo de la pandemia se planteó también hacer El Mercedario. Pero las circunstancias no estuvieron de su lado. Un compañero de su grupo tuvo un accidente y debieron bajar a los 2700 metros. De todas maneras siguió practicando en San Luis, realizando trekking y en el Cordón del Plata.
En 2021 se animó al cerro de San Juan una vez más, acompañada de otros seis aficionados. Pero una intensa tormenta los frenó a los 6100 metros. En 2026, la tercera fue la vencida. “Pensé que como iba a cumplir los 40, me quería regalar el ascenso e intentar la cumbre nuevamente”, explicó.
No consiguió planificar la subida con otros compañeros de aventura así que decidió hacer el trayecto sola. “Hacer montaña en solitario es muy cuestionado porque tiene sus riesgos pero traté de planificarlo de tal manera de contemplar cuestiones de mi seguridad, como por ejemplo llevar comunicación satelital y el equipo adecuado”, aclaró.
“Conozco muy bien mi cuerpo en la altura, sé cómo se adapta, entonces eso también me da seguridad, saber cómo mi cuerpo va a reaccionar a los 6 mil metros. También tengo muchas cuestiones en cuenta, como la aclimatación, ir subiendo de manera progresiva para que la altura no afecte, porque si uno sube de golpe, te puede agarrar mal de altura, edema cerebral o pulmonar”, explicó.
El GPS que uso Gerry le indicó la llegada a una de las cimas más altas del continente.
Una mochila de 30 kilos
Su preparación incluyó la realización de trekking durante todo el año y dos meses antes empezó a subir montañas de distintas alturas en Mendoza. Además, asiste al gimnasio tres veces por semana y trabaja piernas, espalda y abdomen para sobrellevar los 30 kilos de su mochila para trayectos de cuatro a cinco horas.
“No es solo el entrenamiento físico, sino que tiene que ver también con lo psicológico, tener esa fuerza y entrenar también el sufrimiento, en el sentido de que uno tiene que caminar por varias horas con una mochila pesada”, agregó.
La expedición llevó nueve días. El séptimo llegó a la cumbre y bajó en dos días. En su equipo llevó comidas liofilizadas, de 100 gramos que con el agregado de 300 centímetros cúbicos de agua, hacen una comida caliente, como un guiso de lentejas o fideos con verdura. También llevó polenta, queso, dulce de batata, galletitas y garrafas de gas propano butano.
En sus pies llevó crampones para caminar en el hielo, botas dobles, y vistió ropa con tecnología GORE TEX, un material impermeable a la lluvia y la nieve. Sobre sus espaldas también llevó una carpa y una bolsa de dormir de pluma. Así totalizó 30 kilos de equipamiento.
Una técnica usual para llevar tal peso en el montañismo es el porteo, que es ir haciendo el traslado del equipo en partes, de campamento a campamento e ir subiendo paulatinamente. Todas las montañas tienen distintas rutas y ella se decidió por una que no requirió de técnicas de escalada.
Así con la mochila, en secciones, caminó todo el trayecto. “Es una montaña como El Aconcagua. La dificultad es muy similar. Y lo más difícil son los días de porteo, porque uno tiene que caminar entre cuatro a cinco horas para trasladarse de campamento con 18 kilos en la espalda”, recordó.
Gerry es docente y ya había escalado dos veces El Aconcagua.
El día de cumbre
El día de cumbre también fue uno de los más difíciles. El trayecto le llevó nueve horas, partiendo desde el último campamento, La Hoyada, a 5700 metros.
Esa jornada, había 15 grados bajo cero, con ráfagas de entre 35 y 40 kilómetros por hora. Salió a las 5 de la mañana. A los 6400 metros, sola, dudó. “Quizás mi ansiedad me hacía ver que iba lento y que quizás no llegaba a la cumbre con el tiempo”, detalló. La caída del sol le preocupaba.
Se sentó en una piedra, mientras sentía el frío en sus piernas. Tomó algo de agua y comió unas galletas y allí lo alcanzó un guía brasilero, que iba con un grupo de personas que iba a un ritmo más pausado. Así hizo los últimos 300 metros, en compañía de los extranjeros.
A través de un GPS, comprobó su llegada. El dispositivo marcaba 6721 metros. Un banderín le indicó su llegada y aunque la nieve cubrió la visión de la cordillera, su logro fue uno de los recuerdos más memorables de su vida.
En su casa la recibieron sus mascotas, su hermano German y su mamá Silvia. Durante el ciclo lectivo, admite que le cuenta a sus alumnos sobre sus viajes a la montaña, que también subvenciona con un emprendimiento de pulseras y gargantillas.
“Toda mi familia y amigos están siempre atentos. La verdad que me apoyan un montón. Mis alumnos me preguntan y me gusta contarles porque me parece importante que ellos también vean que pueden lograr lo que se propongan, ya sea en un deporte o actividades o hobbies que les gusten”, dijo sobre su vida fuera de las alturas.
“Cuando yo estoy mal mi familia sabe y me dice ‘anda a la montaña’. Se dan cuenta que lo necesito. Es impresionante, pero es el lugar que me hace bajar y desconectar y volver con energía”, dijo por último la docente, montañista y apasionada de la vida.