POR MARINA RUBIO
La madre de Brisa describió a su hija como tranquila y buenísima, pero que estaba “manipulada” y “entregada”
Pilar Maldonado dio el testimonio más largo del juicio y también el más “vueltero”. Se contradijo un par de veces. Resaltó que el joven asesinado estaba “endiablado” ahorcando a la acusada. Declaró que vio a Brisa con un cuchillo, pero nunca dijo que lo apuñaló. Y, aunque señaló que lo vio repleto de sangre, pensó que su yerno se había infartado por la “gran furia” que cargaba.
Por Marina Rubio
Pilar Maldonado, la madre de Brisa Gianella Brizuela, fue uno de los testigos propuestos por la defensa de la acusada de asesinar a Maximiliano Nicolás Chávez. Y hasta a los propios abogados de su hija, Marcela Antequeda y Gustavo Reviglio, se les hacía difícil obtener de ella las respuestas que esperaban. La mujer, con un timbre de voz muy similar a la de la senadora (por ahora libertaria) Patricia Bullrich, coincidentemente también demostró una pobre capacidad a la hora de evadir un tema sobre el que le consultaban. Casi un calco de la legisladora nacional. La interrogaron un par de veces sobre cómo era la relación entre su hija y su yerno y ella contestaba respecto a qué hacía el joven. Y, para colmo, no habló bien de él. Lo tildó de vago y que creía que con la droga “se iba a llevar el mundo por delante”. Respecto a la mujer juzgada fue la única testigo en todo el debate oral que la describió como una persona “tranquila” y “buenísima”, pero que estaba “entregada”, una palabra que nadie terminó de entender en la sala de debates orales.
Sobre el 21 de diciembre de 2024, los minutos previos a que Brisa matara a su pareja y padre de su hijo, solo supo repetir un adjetivo: enceguecido. “Maxi estaba enceguecido”, estrangulando a la imputada en la cocina, afirmó una y otra vez, con el tono de alguien que relata una película y no el hecho por el cual su hija está presa y una familia, los Chávez, quedó destrozada. En un momento trató de explicar por qué creyó que el joven murió, de manera natural, por un paro cardíaco. “Lo vi tan enceguecido, con tanta furia, que pensé que le dio un infarto. No era él, no era él”, declaró y más adelante recordó que al verlo gritó: “¡Sangre, sangre, sangre!”. A continuación, indicó algo que no convenció al fiscal Ernesto Lutens, ni a nadie en su sano y lógico juicio y dejó a la vista una versión poco coherente. Dijo que, a pesar de verlo así, teñido de rojo, siguió creyendo que había muerto a causa de un ataque al corazón, como si la sangre hubiera estado dibujada.
Declaró durante casi dos horas. Le preguntaron, al inicio, sobre el día del crimen. Contó que esa mañana estuvo en el centro de Villa Mercedes, donde fue a hacerse depilar. Se extendió sobre detalles insignificantes. Llegó a su casa de La Ribera, en el sector conocido como barrio de la UOCRA, a las 11:30. “Estaba Candela (una de sus hijas) durmiendo. Yo estuve un ratito en mi habitación. Me encontré con Maxi”, mencionó. Explicó que la víctima y la acusada vivían en una ampliación de su vivienda, en la parte trasera del domicilio.
Señaló que el joven estaba en el comedor, que ella “pasó a saludar a Brisa” y que Maximiliano salió a comprar salchichas. Cuando regresó el hombre de 26 años comenzó a preparar salchichas con arroz para su bebé. “Charlamos un buen rato. Él jugaba al fútbol, una semifinal ese día”, precisó.
Afirmó que, después, salió al patio a tender ropa. “Al volver, veo a Maxi y a mi hija sobre la bacha, ahorcándola”, declaró y lloró unos segundos. “La tenía de…, la tenía del cuello y de un brazo”, añadió entrecortadamente.
Dijo que ella trató de retirar a su yerno que estaba encima de la acusada. Pero le fue imposible, porque estaba “duro”. “No me escuchaba. Estaba endemoniado, enceguecido. De la forma que estaba no lo pude sacar”, narró. Entonces, ella salió y gritó, pero no sabía ni qué gritó.
Y siguió con una narración poco clara de la secuencia sobre lo que sucedía dentro de su casa. “Él la abrió a ella y Maxi aflojó su cuerpo”, indicó. Tras eso “siento como un… Él se agarraba. Se desvaneció y se quedó conmigo”, declaró y asomaron unas fugaces lágrimas.
“Dejáme”, le ordenó Brisa a él y comenzó a llorar delante de él, aseveró. “Estaban los vecinos. No sé a quién vi. Yo seguí con Maxi. Él comenzó como a vomitar. Tenía su cuerpo sobre mí”, continuó. Alguien pedía a gritos una ambulancia, pero la unidad sanitaria no arribaba. “Como pude, salí, por favor, a buscar a alguien. Maxi seguía con vida”, añadió.
En medio de esa historia desordenada aseguró que el hijo de un vecino pasó un cuchillo para cortar no dejó en claro qué. Habló de la billetera de la víctima, que obstaculizaba romper la remera para ver de dónde provenía la sangre.
“¡Sangre, sangre, sangre!”, dijo que gritó. “Vimos una herida muy pequeña”, subrayó. Cuando llegaron la médica y el enfermero del Sempro, dedicó un tiempo importante de su declaración y hasta le pidió permiso al tribunal si podía ponerse de pie para graficar mejor una escena, con la cual transmitió la idea de que iba a revelar un dato contundente e inesperado en la causa. Pero no, solo habló de que quiso tomar una escoba para ayudar. Estiró una pierna en lo que quiso hacer ver como una laboriosa tarea de colaboración y la médica la detuvo: “No toque, señora”.
—Brisa, ¿vas vos o voy yo con Maxi? —le preguntó a su hija.
—Voy yo —le contestó la otra mujer.
—Cambiáte de ropa —le ordenó a la acusada.
De esa manera quiso justificar por qué la imputada se deshizo rápidamente de sus prendas ensangrentadas y las dejó en remojo en el baño. Pilar también trató de argumentar por qué hizo lo mismo. “Mi idea fue lavarme las manos. Sentí que me ensuciaba más al lavarme y dije ‘me cambio’. Ya estaba la ambulancia y dos policías”, aseguró.
Para ella todo era inexplicable. “Me encontré con una situación de que Maxi la tenía sobre la bacha”, repitió por tercera o cuarta vez. “No entendía nada. No podía creerlo. Lo vi tan enceguecido. Maxi, digo, fue un infarto. Se infartó de tanta situación”, apuntó contra la víctima. No se detuvo en su hilo y le restó importancia a la estocada mortal: “Maxi estaba enceguecido. Estaba con furia. Le dio un infarto. Fue una puñalada en el corazón, una herida tan pequeña”.
—¿Y por qué pensó que era un infarto si vio tanta sangre? —le planteó Lutens.
—Nunca me imaginé, una herida tan pequeña. Qué me iba a imaginar que eso era producto de esa herida —contestó la testigo y remarcó que el joven tomaba a la acusada del cuello.
El fiscal le refrescó, en ese punto, que ella había dicho que se habían trenzado en lucha y que luego ella gritó “¡sangre!”. De repente, lo anterior que había relatado ya no era tan así y, a lo Patricia Bullrich, empezó con un tambaleante “bueno, a ver”, para corregirse. “Yo estaba separada, estaba en shock. Lo siguiente que vi fue que se llevaban a mi hija. Yo estaba en shock”, repitió.
También le preguntaron si la imputada de 22 años, en el instante que supuestamente su yerno la sujetaba del cuello, empuñaba un cuchillo. “Brisa se levanta y tenía un cuchillo. No vi un cabo”, dijo sin ahondar. Después le consultaron dónde quedó el arma blanca y contestó, dando a entender que ella desconocía el paradero del elemento punzocortante: “No, no, yo me quedé con Maxi”. Cuando la interrogaron otra vez por lo mismo, aseguró que “no tenía ni idea qué pasó con ese cuchillo”.
—¿Cómo era la relación entre Brisa y Maxi? —pidió detalles Antequeda.
—Maxi trabajó muy poco tiempo en la Orbis. Han tenido una relación medianamente linda, hasta que dejó de trabajar. No había manera de que trabajara —señaló.
—¿Pero cómo era la relación entre ellos? —insistió la abogada de la acusada.
—Maxi empezaba a ausentarse, se iba y venía —respondió.
—No le están preguntando por qué no estaba el señor Chávez —interrumpió Javier Darnay, el abogado de la querella, al notar que por enésima vez la testigo se iba por las ramas.
—Había reclamos de parte de ella y él tenía esa postura, así como que “hago lo que quiero” —dijo sin responder sobre lo que le pidieron.
Aseguró que nunca vio que el joven agrediera a la acusada, pero sí sabe, a través de un comentario de Evelyn, otra de sus hijas, que una vez “le pegó y hasta le mordió un brazo”. Contó que lo denunciaron en una comisaría, pero ellos “después se volvieron a arreglar”.
Antequeda le planteó cómo podía definir el carácter de su hija. “Estuvo manipulada. La hacía silenciar. Brisa tenía momentos. A veces se debió sentir entregada”, manifestó sin explicar a qué se refería con esa última palabra.
Cuando la interrogaron sobre si su yerno consumía drogas no vaciló tanto. “Era muy habitual en él fumar marihuana y cocaína solo lo vi una vez. Lo vi con una tarjeta. Cuando me vio no sabía dónde meterse”, resaltó. Agregó que, sin drogarse, ya se hacía “el canchero”, pero cuando consumía sustancias “se quería llevar el mundo por delante”.
Luego acusó, sin vueltas, a una amiga de la víctima y a la pareja de ella de vendedores de estupefacientes. “Yo sé que D. vendía cocaína y J. marihuana” y remarcó que cuando le permitió, por segunda vez, vivir en su domicilio de La Ribera le advirtió al joven asesinado: “Acá no me vas a traer a la Federal”.
—Brisa, ¿cómo era?, ¿cómo es? —consultó Darnay.
—Brisa…, eh…era una persona que se levantaba y lo primero que hacía era bañarse. Le gustaba desayunar—dijo la testigo.
—Pero yo digo de carácter, ¿cómo era? —repreguntó el abogado de la querella.
—Como dije antes. Cuando una persona es manipulada, accede a lo que otra persona… —respondió generando más dudas.
—¿Siempre fue manipulada? —planteó el letrado.
—¿Por Maximiliano? Sí —afirmó la mujer.
—Pero de temperamento ¿cómo era? —hizo hincapié Darnay.
—Era tranquila. Buenísima —dijo.
Más sobre: Asesinato, Brisa Brizuela, Crimen, homiciedio, Juicio, La Ribera, Maxi Chávez, Villa Mercedes