POR MARINA RUBIO
Brisa le quemó la casa a un ex: “Yo solo quería incendiar tu cama, porque si no estás conmigo no vas a estar con nadie”
Fue en el 2018. La acusada, que hoy es juzgada por el crimen de Maxi Chávez, tuvo un novio antes, cuya relación duró un año. Cuando el joven terminó el vínculo, meses más tarde ella se enteró de que tenía otra novia y una tarde le lanzó una botella con combustible dentro de su vivienda de La Ribera.
Por Marina Rubio
El 21 de diciembre de 2024 cuando Villa Mercedes se enteró de que Brisa Gianella Brizuela había asesinado de una puñalada en el corazón a su pareja y padre de su bebé, Maximiliano Nicolás Chávez, todos los ciudadanos se conmovieron. La familia de la víctima quedó con el corazón destrozado. La vida del joven de 26 años se había apagado, mejor dicho, se la habían apagado para siempre. Lo que mantiene latiendo los corazones de sus padres, hermanos, tíos, sobrinos y todos sus parientes es justamente la luz, la esperanza, la fuerza que sienten que Maxi les da desde donde sea que esté para que, al menos, la Justicia haga su parte y condene a su asesina. Pero ese fatídico día también movió los recuerdos, el suelo y el mundo de otra persona, de A., el novio que Brisa tuvo hasta poco antes de conocer al joven que mató. Su relación duró apenas un año, ella tenía entre 15 y 16 años, y él era dos años mayor.
Él y su padre están vivos porque el destino, los astros o Dios quisieron que así fuera. Meses después de que esa relación culminara y el adolescente comenzara un noviazgo con otra chica, la acusada le mostró su peor lado, el oscuro, ese que el chico nunca fue capaz de ver hasta entonces. Una tarde fue hasta su casa del barrio La Ribera, le abrió la ventana de su dormitorio y le lanzó una botella con combustible. Quemó dos habitaciones y un baño, además, de teñir de negro el inmueble. Si unos vecinos, apenas unos niños, no la hubieran visto salir y advertir el humo, la vivienda quizás hubiera ardido por completo y quién sabe si además hubiera explotado.
Hasta el día de hoy A. vive con un sentimiento con el que no debería, la culpa de haber introducido en su seno familiar a alguien que pudo llevarse la vida de sus seres queridos. No lo consiguió, tampoco logró herir a nadie, ni siquiera a su perrito porque estaba en el jardín, pero sí les destrozó la vivienda y sus padres tuvieron que, prácticamente, iniciar de cero.
No cabe la mínima duda de que quien incendió con toda intención del mundo esa casa de la manzana 7101 fue quien hoy es juzgada por asesinar a Maxi. Un vecinito la vio salir a toda prisa, poco antes de que el olor y la columna de humo negro se desprendiera del domicilio y se elevara hacia el cielo. Y si eso no fue prueba suficiente, la propia Brisa, por ese entonces de 16 años, le admitió a su exnovio que ella había sido quien por poco carbonizó su vivienda completa. “Yo no quería prender fuego la casa. Quería prenderle fuego a tu cama porque si no ibas a estar conmigo no ibas a estar con nadie”, le dijo a A. como si eso fuese una justificación para restarle responsabilidad.
Pocas veces un incendio intencional tiene un autor tan claro. Pero, por aquel entonces, en el 2018, a Brisa le jugó en favor algo: su edad. La denunciaron sí, algunos vecinitos fueron llevados a tribunales para contar lo que habían visto, pero no sirvió de nada. Fueron palabras al aire, que nadie asentó en un expediente judicial. Todo murió ahí y fueron los padres y A. quienes tuvieron que poner de pie la casa a la que tanto les había costado llegar luego de dejar su Mendoza natal.
Ni la Policía, ni la Justicia colaboró, ni con la imposición de una restricción de acercamiento. Cuando C., la mamá de A., llamó a Pilar Maldonado, la madre de Brisa, la mujer solo le manifestó: “No lo puedo creer…”. Ni siquiera le pidió perdón, tampoco fue capaz de ir hasta el lugar que su hija había quemado para dar una mano, aunque sea con la limpieza. “Se quemaron la habitación de A., la de su papá, el baño, perdieron las camas, el televisor, el equipo de música, la computadora y todas las paredes quedaron tiznadas por el hollín”, le contó una fuente a este periodista.
“Él la quería mucho”
Brisa y A. se conocieron en La Ribera. Ella no era agresiva con el joven, al menos él nunca manifestó algo por el estilo. Pero, con el tiempo, C. empezó a notar que el modo de actuar de la, por entonces, adolescente no era normal. A veces su hijo iba a visitar a su madre a su casa y mientras tomaban mates, él empezaba a tomarle fotos a la mujer, al lugar, a su moto, a todo.
—¿Hijo, por qué me estás sacando fotos? —le preguntaba ella.
—Pero es para que (Brisa) no hinche, porque se pone re densa —contestaba A. minimizando el comportamiento de su novia.
—Eso no es bueno. ¿Cómo vas a sacar fotos para que sepa que estás acá? Te tiene que creer —planteaba la mujer.
Advirtió que desde que su hijo estaba con la acusada dejó todo. Desde muy chico A. jugaba el fútbol. Era su pasión, algo de lo que nadie podía desprenderlo. Podían privarlo de la televisión, de la PlayStation, pero no de jugar a la pelota. Pero desde que inició su relación con la imputada lo abandonó. Cuando le preguntaban por qué ya no practicaba su deporte favorito, respondía: “ya fue, ya pasó”.
En un principio su madre lo tomó como un cambio propio de su crecimiento, pero luego cayó en la cuenta de que todo era producto de su nexo con la chica. “A ella no le gustaba” que jugara al fútbol. Quería estar el mayor tiempo posible con él. Salía de la escuela para verlo y tampoco le agradaba que se quedara a dormir en lo de C., porque su “suegra” vivía lejos, en el barrio Estación.
Las mujeres son intuitivas. A C. nunca le cuajó Brisa, no tanto por ella, a quien no conocía, sino por el historial de su familia. Pilar tampoco quería que su hija saliera con A. Le planteaba a C. que su hija era menor de edad y el muchacho era ya un adulto. En realidad, cuando el noviazgo terminó el joven recién había cumplido los 18 años.
Le aseguró que él no vería más a Brisa, pero le pidió encarecidamente que ella se ocupara de que su hija también se mantuviera alejada. “Yo puedo cuidar a mi hijo y voy a hacer todo lo posible para que no salga más con ella, pero a tu hija la tenés que cuidar vos”, le planteó a Pilar. La situación ya se había vuelto incontrolable. A. había dejado de ir a la escuela y la imputada desaparecía de su casa para verse con él.
El joven finalmente dejó de verla, pero la adolescente no se detuvo. Merodeaba su domicilio. Pasaba en bicicleta. Le insistió de diferentes maneras que volvieran a estar juntos, pero él no quiso.
La acusada de pie, entre sus defensores Gustavo Reviglio y Marcela Antequeda, durante el actual debate oral en su contra.
Ella a veces le dejaba cartelitos debajo de la puerta. “Fui a verte. Te traía un bombón. El bombón me lo comí, pero vos no me atendiste”, le escribió en algunos de esos mensajes.
“Eso no es sano, hijo”, le advertía C. a A. Pero él no lo vio así. Al menos hasta entonces, más allá de que el noviazgo había llegado a su fin y él ya se veía con otra chica, el muchacho tenía un buen concepto de su ex y “la quería mucho”.
Ese sentimiento de cariño se terminó entre agosto y septiembre de 2018, cuando la ahora imputada se metió con su familia y caló profundo en esos puntos del cerebro que regulan la tristeza y también del cuerpo que produce la serotonina, hasta hundirlo en una depresión. La chispa que encendió a quien hoy está presa fue cuando se enteró de que su ex había iniciado una nueva relación. “Creo que hasta llegó a escribirle a la chica para dejarlo mal parado a él”, comentó el informante.
Pero no terminó ahí. Una tarde la actual acusada salió de la escuela. Le pidió a un compañero que la acercara en su bicicleta hasta la vivienda de la manzana 7101. “El chico se quedó en el cordón de la calle. Yo creo que no tenía ni idea de por qué realmente ella le pidió que la llevara hasta allá”, relató.
Ese día A. debía estar en su casa, al igual que su padre. Pero al hombre justo lo había llamado un amigo “para hacer una changa” de albañilería. Y el joven no estaba porque el día anterior había ido hasta lo de su madre. En el camino se le había pinchado una rueda de su moto y decidió quedarse a dormir allá. “Se quedó jugando con la play y se acostó tarde”.
El domicilio de La Ribera estaba sin llave. Igualmente, Brisa no intentó ingresar por ahí, sino que entró al patio trasero de la vivienda por un costado, dado que la cochera no estaba cerrada por un portón. Ella sabía cuál era el dormitorio de A., abrió la ventana y lanzó a su cama una botella, “no sé con qué adentro”, y eso quemó todo, relató la fuente cercana a la familia.
Un vecinito, que vivía en la casa de al lado, la vio salir, subirse a una bicicleta e irse. Segundos o quizás minutos después un hombre que trabaja para una empresa que vende bidones de agua tocó timbre en la vivienda de ese niño que vio a Brisa. Cuando la dueña del domicilio lo atendió, lo primero que le dijo el empleado fue: “Hay olor a humo. Se está quemando algo”. Uno de los hijos de la mujer tocó la pared de su vivienda y notó que estaba ardiendo. Pero no era ese el lugar de las llamas sino el de al lado.
El humo se había apoderado de una parte importante. Llamaron a los bomberos, pero los vecinos, inclusive los más chiquitos, fueron más rápidos y con baldes cargados con agua lograron apagar el fuego. Cuando los rescatistas arribaron, realizaron las tareas de ventilación, refrigeración y controlaron que no hubiera peligro de derrumbe.
El inmueble no iba a venirse abajo, pero la familia de A. sintió que lo perdió todo. La madre tuvo que mudarse nuevamente a La Ribera, a pesar de estar separada del padre de su hijo, para levantar otra vez ese hogar y, sobre todo, porque la mala espina que tenía hacia Brisa y su familia ya se había convertido en miedo en estado puro. No quería que la adolescente volviera a acercarse a su hijo.
“La denunciaron en la Comisaría del Menor, pero la Policía y la Justicia no hicieron nada. Ni una perimetral le pusieron porque era menor de edad”, contó la fuente. C. tuvo que hablar en persona con Pilar y pedirle encarecidamente que su hija no intentara arrimarse ni a dos cuadras a la redonda. Pasado un tiempo, volvieron a ver Brisa pasar por la esquina de lo de su ex, “provocando y riéndose, como siempre”.
Después de un año, la madre decidió mudarse con su hijo. No quería permanecer más en el mismo vecindario que la chica y su familia. Le tenían terror. “Perdieron todo, tuvieron que arrancar de nuevo y a C. le costó mucho levantar a su hijo”, reveló. El joven se deprimió, sufrió ataques de pánico, lo invadió una profunda culpa por todo lo que tenía que sobrellevar su familia.
Económicamente el incendió arruinó a sus padres. C. tuvo que dejar su domicilio para mudarse a una casa vieja y destruida. “Esa piba les cambió la vida”, dijo el allegado a A.
“De lo que te salvaste”
El día que Brisa, ya de 20 años, mató a Maxi, A. y sus padres revivieron los oscuros momentos por el que la imputada los hizo transcurrir seis años antes. Mucha gente le escribió a A., ya de 24 años, y le expresaba asombrada: “Mirá de lo que te salvaste”.
—Mami, yo nunca pensé que iba a llegar a hacer algo así —le comentó a C.
Durante el noviazgo de su hijo con la asesina de Maxi, la mujer percibió que ella era manipuladora. Pero el joven estaba ciego. Él no podía estar mucho tiempo separado de ella. A tal punto que si iba a lo de su mamá tenía que regresar pronto. El muchacho, quien sabe por qué, no la cuestionaba nunca. “Él decía que estaba bien”, narró el conocido de esa familia.
La madre le repetía que Brisa no era buena y él siempre le respondía “ella es buena”. Cuando le incendió la casa la realidad lo golpeó como jamás lo imaginó. “Para él fue un dolor muy grande lo que ella hizo. Él la tenía en otro concepto, a pesar de que estaba con otra chica en ese momento, muy dentro suyo todavía la quería. Nunca pensó que iba a hacer semejante cosa”, comentó.
“Si no se hubieran dado cuenta los niños, hubiéramos explotado todos con el gas, por esa loca. Nosotros sabíamos escuchar las peleas. Muy violenta. En el barrio la conocemos por violenta”, manifestó una vecina que quiere mucho a A. y oró mucho más para que se alejara de esa Brisa adolescente. Por algunos, con 16 años tan solo, ya era vista como una asesina en potencia.