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Desde San Luis al fin del mundo: Milena Liendo Roggia, la puntana que eligió vivir un año en la Antártida

Lleva más de un mes y ya forma parte de una tradición científica argentina de más de un siglo. Desde la base Carlini, aporta datos clave para comprender uno de los ecosistemas más prístinos del planeta.

Milena en la Base Marambio.

por Nestor Miranda

elchorrillero.com

Actualizada: 23/02/2026 01:37

A miles de kilómetros de San Luis, donde el verano suele abrazar con temperaturas agobiantes, Milena Liendo Roggia hoy camina entre hielo, viento y mar. Tiene apenas poco más de un mes en la Antártida, pero su voz transmite la certeza de quien sabe que está exactamente donde quiso estar.

Es bióloga marina, formada en San Antonio Oeste, Río Negro, en la única universidad del país que otorga ese título. Durante la carrera escuchó por primera vez sobre la convocatoria para viajar al continente blanco. No lo dudó. “Me parecía genial la idea de trabajar en un lugar tan distinto a todo lo que conocemos”, contó en una entrevista a El Chorrillero.

Milena Liendo Roggia, la puntana que viajó a la Antártida.

Con el tiempo entendió que no se trataba sólo de una experiencia profesional, también era sumarse a una presencia argentina ininterrumpida de más de 120 años. Ser parte de esa historia la entusiasmó aún más.

Desde hace unas semanas vive en la Base Carlini, frente a la Caleta Potter, en la isla 25 de Mayo. El paisaje parece una postal permanente: un glaciar imponente al frente, el Nunatak que asoma entre la nieve y, detrás, el Cerro Tres Hermanos recortado contra el cielo austral. “Es muy linda, súper acogedora”, describió sobre la base que será su hogar durante un año completo.

Allí la rutina combina organización, ciencia y comunidad. El complejo cuenta con dos casas habitacionales, una de ellas fruto de un convenio argentino-alemán, y una construcción principal donde se concentran el comedor y los espacios comunes. También hay gimnasio, carpintería, centro automotor, depósitos de víveres, sector de residuos y laboratorios del Instituto Antártico Argentino, desde donde se coordinan los proyectos científicos.

En verano la población puede alcanzar las 90 personas, con equipos que llegan para campañas específicas entre diciembre y marzo. En invierno, en cambio, quedan apenas 30: la dotación militar encargada de la logística y un pequeño grupo civil que incluye personal informático y dos biólogas. Milena será una de ellas.

Milena Liendo Roggia, la puntana que viajó a la Antártida.

“La convivencia es buenísima, compartimos un montón y estamos todos muy motivados con ganas de seguir haciendo soberanía y ciencia”, resumió.

Su tarea no está ligada a una investigación personal, sino al apoyo técnico de distintas iniciativas del Plan Nacional Antártico. Como científica, participa en la toma de variables físico-químicas del agua de la caleta, realiza censos de mamíferos y aves y colabora con protocolos de laboratorio y procesamiento de datos. Cada registro, planilla e informe forman parte de una red mayor que busca comprender el funcionamiento del ecosistema.

Las jornadas comienzan temprano, entre las 7 y las 7:30, con desayuno y reuniones de planificación conjunta entre el área científica y el sector militar. El clima marca el ritmo: si el viento y la visibilidad lo permite, navegan para recolectar muestras o realizan caminatas para relevar fauna. Cuando las condiciones no acompañan, el trabajo continúa puertas adentro, entre análisis, sistematización de información y reportes técnicos.

Al mediodía todos almuerzan juntos en la casa principal. Por la tarde siguen las tareas según los objetivos de cada proyecto, aunque siempre queda un espacio para el gimnasio o para recorrer los límites habilitados de la base. Además, cada integrante asume turnos de limpieza y cocina según un cronograma. La vida en el hielo también se construye desde lo cotidiano.

Milena Liendo Roggia, la puntana que viajó a la Antártida.

El contraste térmico fue uno de los primeros desafíos. Pasó de un verano de 35 grados al verano antártico de -2. “Los primeros días sentí más el frío por el cambio brusco”, reconoce. Por ahora no experimentó temperaturas extremas: el escenario actual se asemeja a un invierno mendocino. Sin embargo, sabe que en los meses más duros la sensación térmica puede descender hasta los -30 grados. Aquí el viento redefine cualquier referencia.

Milena decidió venir por espíritu aventurero y por crecimiento profesional. Pero en su relato hay algo más profundo: la conciencia de estar aprendiendo en un laboratorio natural único y, al mismo tiempo, aportando información valiosa para el país. En ese equilibrio entre desafío personal y compromiso colectivo se sostiene su elección.

Desde San Luis hasta el confín austral, su historia no es solo la de una joven que trabaja en la Antártida. Es la de alguien que transformó la curiosidad en camino, la vocación en proyecto y el hielo en hogar por un año entero.

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