POR MARINA RUBIO
“Brisa tuvo que recurrir a la ‘violencia de género invertida’ para protegerse”, dijo su abogada
Antes, al inicio de su alegato, la letrada le había pedido al tribunal que analizara el caso con perspectiva de género. Previamente, el otro defensor de la mujer, que mató a su pareja de una puñalada, trató de victimizar a la ahora condenada y demonizar al joven asesinado, porque no era fácil vivir cinco años con “alguien al que se le salta la cadena todos los días” porque “aspira tres líneas de cocaína”.
Por Marina Rubio
Los abogados de Brisa Gianella Chávez, Gustavo Reviglio y Marcela Antequeda, lo dieron todo hasta el final en el juicio. Se encargaron de conseguir como testigos a las únicas cuatro personas capaces de hablar bien de su clienta y mal de su pareja Maximiliano Nicolás Chávez, a quien mató: los padres y dos hermanas de la acusada. Aunque esa parte no salió del todo bien. Dante Brizuela, el padre de la ahora condenada, confirmó que su hija era violenta y lo dijo casi como si fuera una virtud. Pero a Pilar Maldonado, la madre, le fue todavía peor. Las contradicciones en su extenso relato, intercalado con preguntas que buscó evadir, no convenció a nadie. Por eso los fiscales y hasta el mismo tribunal del debate oral solicitó que sea investigada por sus posibles intentos de destruir pruebas y dibujar una historia diferente a la que sucedió el 21 de diciembre de 2024, el día del crimen.
A esas declaraciones se le sumó la versión de Brisa que buscó acabar con el honor y la memoria de Maxi. En un testimonio para alquilar balcones, dijo que era un mal padre, que ya había abandonado a otro hijo, que era un vago que ni bañarse quería, un drogadicto, un vendedor de drogas, un golpeador y un abusador sexual, que una vez quiso violarla con el palo de una escoba cuando estaba a nada de dar a luz. En los alegatos, los defensores de la mujer no sacaron los pies de sus aceleradores.
Reviglio ni siquiera llamó a la víctima por su nombre. Siempre lo refirió como “un tipo” y, su otra palabra favorita, un “cocainómano”, que arrastró a su clienta a una vida de sufrimiento. “¿Quién puede vivir cinco años con alguien al que se le salta la cadena todos los días porque aspira tres líneas de cocaína? Esa vida no es normal”, subrayó.
Antequeda hasta se puso en la piel de su defendida y representó en una teatralización de casi dos minutos cómo, según la versión de su asistida, fue atacada por su pareja la tarde del asesinato. En su exposición, para justificar la estocada en el pecho, que mató en minutos al hombre de 26 años, usó la desafortunada frase de que Brisa se vio atrapada en un momento sin escapatoria, de vida o muerte, en una agresión que “lleva a una mujer a recurrir a una violencia de género invertida para protegerse”.
Pero, antes de ese polémico argumento, que incluye un término que las mismas agrupaciones feministas rechazan, la abogada les solicitó a los jueces Virna Eguinoa, Daniela Estrada y Mauro D’Agata Henríquez que, al momento de debatir su veredicto, analizaran el caso con sus ojos puestos en la perspectiva de género.
La letrada luego minimizó el tamaño de la herida que le costó la vida al joven recordando sus dimensiones. “Tenía un centímetro y medio de largo, la profundidad no la sabemos, porque era tan pequeña que en la autopsia no pudieron meter los dedos”, describió. También señaló que el joven padre tenía dos lesiones superficiales en las pantorrillas, lo que coincidiría con una parte del relato de la acusada, cuando contó que terminó en el suelo “hecha un bollito”.
La abogada también desmintió a la forense Alba Pereira cuando la médica refirió los momentos en los que revisó si la mujer tenía lesiones en el cuello. Brisa había dicho que el padre de su hijo la tomó del cuello, sobre la bacha de la cocina y comenzó a ahorcarla con sus manos, aunque ella le ordenara: “Basta Maxi”. “Le dijo ‘basta’. ‘Basta’, ¿qué? Había una agresión”, resaltó Antequeda. “Tampoco es cierto que la examinaron dos o tres días después (del crimen). La revisaron el día del hecho y al día siguiente, a las cuatro de la tarde”, apuntó. Hizo hincapié en el tiempo que fue analizada, porque las marcas por estrangulamiento no son visibles de inmediato, sino que tienen su evolución y cambian de color con el correr de los días.
Pereira fue clara cuando declaró que cuando vio a Brisa el 19 de diciembre en cuestión, en la escena del asesinato, no tenía ninguna marca en su cuello. Luego notó unas leves lesiones compatibles con una compresión digital, aunque no pudo asegurar si fueron autoinfligidas porque eso “no se puede saber” dijo.
Antequeda hasta puso en duda una pericia hecha al teléfono de una prima de la propia acusada. La testigo había dejado su celular a disposición de la Justicia, para que vieran los mensajes de WhatsApp que la ahora condenada le envió un par de minutos antes de matar a Maxi. “Este culi… se hace el loco, lo voy a cag… matando” y “tengo ganas de matarlo, posta”. La abogada esbozó que, aunque en el chat de la aplicación, figura que esos mensajes fueron enviados por una persona agendada bajo el nombre de “Brisa”, desconocían el número y por eso no podían asegurar que efectivamente su clienta fue su autora. “No podemos decir que esos mensajes existieron”, remarcó.
También aseguró que no fue como relataron los fiscales Ernesto Lutens y Leandro Estrada y el abogado querellante, Javier Darnay, respecto a que su asistida era “una madre abandónica” porque la noche anterior había salido de fiesta con unas primas. “¿Desde cuándo las mujeres no podemos salir? Tampoco estaba borracha. Fue una mujer que tuvo una reunión con amigos. ¿Eso justifica que cuando llegue a su casa su pareja la agreda?”, planteó.
Los fiscales habían repasado, horas antes, que la mujer de 22 años arribó a su vivienda el mediodía del sábado del crimen. Todavía bajo los efectos del alcohol. En el domicilio del barrio La Ribera estaba la víctima cocinando unas salchichas con arroz para darle de comer a su bebé de casi dos años. También se preparaba para ir a un partido de fútbol, era un día importante porque él jugaba la semifinal de un campeonato.
Antequeda, por el contrario, insistió en que su representada no solo tenía lesiones en el cuello sino también en sus muñecas y tales marcas “fueron corroboradas”. Repasó que dos de cada 100 mujeres que sufren violencia de género asientan las denuncias y el Juzgado de Familia de turno apenas se limita a imponer una restricción de acercamiento que no ayuda en nada.
Argumentó que no es necesario sufrir ataques constantes. “La violencia de género puede ser solo un acto. Y una discusión es motivo suficiente como para que un hombre ejerza violencia sobre la mujer”, manifestó. Lo dijo porque, según Brisa, la furia de su pareja se desató cuando ella se opuso a que llevara a su hijo a la cancha. “¿Cuál es el límite de la violencia que debemos soportar?”, dejó esa pregunta planteada sobre la mesa como para abrir el debate luego en las mentes de los jueces.
Y, luego, se amparó en alguna de las conclusiones sobre la personalidad de la acusada a las que arribó la psicóloga. La licenciada la destrozó en su informe. Consignó que notó rasgos de una persona narcisista, egocéntrica, que se relaciona con los demás siempre con el fin de obtener un beneficio y que, por su baja tolerancia a la frustración, tiende a resolver los problemas de manera violenta. También halló su relato contradictorio, “armado”, poco espontáneo y evasivo respecto a algunos temas. Como si eso no fuera suficiente, dejó asentado en su reporte que no percibió que atravesara por el duelo del amor de su vida, menos arrepentimiento.
“Es una chica muy impulsiva y, como tiene pocos elementos para combatir la agresión, reacciona así, producto de su inmadurez emocional”, fundamentó la defensora.
Pero, al final del día, ninguno de esos argumentos hizo mella en los magistrados. La condenaron a prisión perpetua, lo que significarían 35 años tras las rejas. No obstante, si “hiciera buena letra”, teniendo buen comportamiento, trabajando y estudiando en la cárcel, ya cumplidas las dos terceras partes de la pena, como cualquier convicta, estaría en condiciones de solicitar salidas transitorias o la libertad condicional a un juez o jueza de sentencia. Pero, según confirmaron un par de fuentes, Brisa no está ni cerca de requerir ese beneficio llegado el momento. Es conflictiva y ya se ha ido a las manos con otras reclusas.