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Barrio CGT: donde los vecinos superaron estafas, progresaron y afianzaron la pasión por Victoria

Cumplieron el sueño de la vivienda propia gracias a su lucha. Enfrentaron engaños del Estado y sindicalistas.

El barrio ubicado en la zona oeste tiene 700 casas.
por El Chorrillero / San Luis
Actualizada: 05/07/2018 11:28
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Ubicado en el extremo oeste de la ciudad, es uno de los complejos habitacionales más grandes que entregó la gestión de Adolfo Rodríguez Saá.

Las calles angostas desplazadas en un trazado de tipo damero, cuyos ángulos rectos estructuran las manzanas, delinean de alguna manera la organización de un barrio que encontró en la unión de sus vecinos una puerta al progreso, que al día de hoy se mantiene vigente.

Fue entregado en varias tandas entre los años 1994, 1995 y 1996. Fueron tres tipos de viviendas: la tradicional edificada con ladrillo, las de placas de telgopor recubierto con una malla de cemento y las súbitas (estructura de hierro, placas de hormigón revestidas con durlock).

Fueron 700 casas construidas en terrenos de 10 x 20. Las que están en las esquinas tienen 192 metros cuadrados.

Originalmente el Gobierno lo bautizó bajo el nombre de “Juan Carnevale” en homenaje al distinguido sastre que fue intendente de la capital puntana en el año 1948, recordado por haber inaugurado la Avenida 17 de Octubre, actual Ejército de Los Andes.

El “CGT” desde el aire.

El plan habitacional de Adolfo Rodríguez Saá que tenía como eslogan el “sueño de la vivienda propia” se convirtió en este caso en una pesadilla para cientos de familias.

Fue proyectado en el tercer gobierno del cinco veces gobernador, que promovió el convenio con la CGT (estuvieron involucrados gremios como la Uocra, UTA, Utgra y Smata) para “darle forma y jerarquizarlo”.

Después, con el paso del tiempo, a raíz de los problemas y el triste papel que tuvo un grupo de gremialistas que formó parte de la gestión de construcción, el nombre mutó al de Barrio CGT.

La estafa quedó reflejada en que fueron adjudicadas sin persianas, con cerámicos rústicos, baños sin grifería y hasta filtraciones en los techos que literalmente obligaba a colocar nylon para intentar evitar que filtrara el agua.

Fue un escándalo que durante meses estuvo en la agenda periodística, e incluso llegó a la Cámara de Diputados.

La convicción y la firmeza del reclamo logró poner algunos límites.

Al finalizar las primeras casas, comenzaron a darse una seguidilla de usurpaciones con lo cual se aceleró la entrega. Fue construido por tres empresas.

Cuando los vecinos recibieron sus hogares, se encontraron con los problemas. Allí vieron reflejadas las ilusiones frustradas que le supieron vender.

Las casas súbitas fueron las que presentaron más inconvenientes.

El expresidente de la comisión barrial, Juan Puglisi recordó en diálogo con El Chorrillero que las viviendas “exhibían grandes problemas de construcción”: “Los techos ‘tenían tejas superpuestas’ cuando debían estar “encastradas”.

El capítulo de las promesas incumplidas no se agotó en esas irregularidades. Según el primer convenio que suscribieron con la CGT, los terrenos debían entregarse “completamente cerrados con muros divisorios”, pero los tuvieron que hacer los vecinos por su cuenta.

“Nos vimos obligados a pagar el juego de baño a un precio superior a los que se conseguían en el mercado”, aseguró Puglisi con un gesto que evidencia la impotencia.

Para graficar que el valor de la cuota que pagaba a la CGT era alto, hizo la comparación con el sueldo de un empleado público provincial. El monto mensual alcanzaba los $150 y el salario oscilaba los $550.

Las viviendas fueron entregadas en desde 1994 a 1996.

Teo Bonadarouk se inscribió en un plan de 300 cuotas de $50 que aumentaban a $170 si se hacían a través de la propuesta de la CGT.

El panadero que llegó en 1994, recordó que se chocó con la desagradable sorpresa de que a su hogar, al igual que otros, “no le habían instalado las aberturas”.

Los gastos de refacciones y acondicionamiento los terminaron de realizar “de a poco” por su propia cuenta, incluso debió hacerse cargo de la colocación de los pisos” en todas las habitaciones.

Si se firmaba el convenio con la CGT, los gremios se encargaban también del revoque fino y la mampostería, entre otros detalles. Sin embargo, no lo hicieron.

Fueron tres tipos de hogares construidos.

“Las casas estaban valuadas en trece mil pesos y se acordó el pago de la mitad, es decir seis mil pesos”, aseguró. Eran tiempos de la convertibilidad en la que regía la paridad del peso y el dólar.

Lo que contribuyó a una “solución” fue el rol que jugaron varios medios de comunicación. Muchos acompañaron y en particular con las viviendas súbitas que eran las que presentaban mayores problemas.

“Algunos se interesaron en nuestra causa y presionaron. A partir de la exposición del tema y nuestro reclamo se hicieron propuestas de solución. Además llevamos el problema a la Cámara de Diputados donde algunos nos apoyaron y otros hacían caso a los superiores”, mencionó Puglisi.

De todas formas con el correr de los años en muchos casos las fisuras en la construcción se profundizaron y en la actualidad se observan.

Cuenta con 44 manzanas en total.

Por eso los vecinos se vieron obligados a realizar refacciones para vivir mejor.

“Tuvimos que reparar los vicios de humedad y cambiar los pisos, incluso en los baños se desintegraba el durlock”, añadió.

Es un capítulo de la historia del barrio que fue cerrado, pero quedó grabado a fuego en la memoria colectiva.

La vida puertas adentro

El CGT no sólo engloba la pasión por un club de barrio y la unión ante la adversidad de los primeros tiempos, sino que es el centro de referencia de los vecinos de barrios como el Rawson, Libertad y 1º de Mayo que llevan a sus hijos al colegio o se atienden en el Hospital del Oeste.

En los primeros años las calles eran de tierra y el agua circulaba “muy fuerte”, socavando la superficie con facilidad. Hace aproximadamente 15 años se terminó de asfaltar la totalidad de las arterias.

Hospital del Oeste “Dr. Atilio Luchini”.

Adentro se encuentran el Centro Educativo Nº 3 “Eva Perón” y el Hospital del Oeste “Dr. Atilio Luchini”.

Pero una de las referencias sobresalientes es “El Puente Negro”. Una estructura metálica que en sus años facilitó el tránsito de los vehículos y vio pasar por sus vías el tren. Ahora, solo queda el recuerdo del pasado porque se construyó la avenida Eva Perón y el ingreso.

La proximidad con el parque industrial genera un movimiento que arranca a la madrugada. Pasan autos, colectivos y traffics en dirección a las fábricas trasladando a obreros.

“El Puente Negro” es una referencia de la zona.

La mañana del barrio refleja que es unos de los complejos más poblados. Decenas de vecinos limpiando los frentes, cortando el pasto, conversando de “vereda a vereda” y otros van de un lado a otro de compras.

“¿Qué puedo decir del barrio? Es nuestro, tenemos un sentido de pertenencia y eso hace que todos nos conozcamos entre nosotros. Es un lugar hermoso”, expresó el carnicero Marcos Funes.

En el CGT la gente arranca la jornada “muy temprano trabajando” y la cierra “con una buena cena familiar”. Así es el día a día describió un vecino que insiste: “Acá somos gente trabajadora, que lucha por vivir mejor”.

Muchos sostienen que la inseguridad no es un problema latente como se plantea en el boca a boca.

El barrio está ubicado en el oeste de la ciudad.

Otros sin embargo han sufrido robos a toda hora y no pueden dejar sus casas solas. Aun así, aseguran que es un barrio “tranquilo” y ello quizá se debe a que se cuidan “entre todos”.

“Dicen que es peligroso pero no es así, ya llevo 24 años acá. Por supuesto, hay buenos y malos, pero como en todos lados la mayoría es gente buena”, comentó Bondarouk.

El Juan Carnevale es un sitio que desde sus inicios se caracterizó por las injusticias, pero esas adversidades generaron las fuerzas para transformar la realidad.

Un ejemplo de ello es lo sucedido en la crisis que golpeó a los argentinos en el 2001. Por esos años muchos vecinos trabajaban en fábricas, y vieron desde adentro como se fueron extinguiendo.

Uno de los rasgos más característicos del barrio son sus comercios.

Fue así que empezaron a preocuparse por su estabilidad laboral, fundamentalmente porque habían pasado años cumpliendo un rol específico (operarios por ejemplo) y no sabían hacer otra actividad.

Estas circunstancias los motivaron a ver la manera de asegurar su futuro y emprendieron.

Una particularidad que muestran las 44 cuadras que comprenden el CGT es la oferta comercial: carnicerías, kioscos, panaderías despensas, rotiserías, una agencia de taxi, una radio y una farmacia.

La superpoblación de emprendimientos muestra que cada cincuenta metros hay un local, en algunos casos del mismo rubro.

“Creo que el sol sale para todos, se intenta salir adelante, les va bien y continúan. Tratamos de progresar gracias al trabajo”, manifestó Bondarouk.

En el corazón del complejo se divisa el campanario de la Parroquia Santa Lucía que cumple un rol social a partir de la solidaridad de los fieles.

Parroquia Santa Lucía.

La parroquia, cuya construcción es de ladrillos visto, recibe a diario sus fieles y también alberga a unas 50 personas que llegan en busca de un plato de comida.

El comedor funciona desde el año 2001. En esa época asistían poco más de 100 personas y el Gobierno nacional aportaba un equipo de profesores de educación física, psicólogos y psicopedagogos.

“En los años que se puso difícil mantener el comedor yo era capellán del colegio San Luis Gonzaga y cuando daba las misas comentaba que estaba en la zona más pobre. Fue así que una familia se acercó y colaboró hasta que se estableció la asistencia del Estado nacional definitiva. Eso fue una gran bendición y seguro lo fue también para esa familia”, contó el sacerdote Sergio Stinga en diálogo con El Chorrillero.

Además crearon el roperito de Cáritas.

“La obra de caridad es para todos, no importa que no sean católicos, grandes y chicos ya que no se tiene que separar la familia. Viene gente del barrio y también de las zonas aledañas como el 1° de Mayo”, explicó.

La piedra fundamental se erigió pocos años después de la fundación del barrio. Fue cuando el entonces obispo Juan Rodolfo Laise y feligreses pidieron al Gobierno provincial la construcción de una parroquia.

El club

El Blanquinegro, el Sporting, la “V” o simplemente Victoria, es el club que eligió la mayoría.

Las paredes pintadas con el escudo, insignias y frases reflejan el amor por una institución adoptada como propia.

Tiene sus instalaciones sobre Ayacucho y Avenida Lafinur. Allí funciona una escuela generativa abierta por el Gobierno; pero “el corazón” late en el CGT, en Belgrano e Int. Scarpatti.

El predio actual del club fue asignado en el 2000.

Sus orígenes se remontan a un grupo de jóvenes entre los que se encontraban su primer presidente, Virgilio Moretta Algañaraz, Juan B. Rodríguez, Gregorio Carreño y Cruz del Carmen Aguilera, entre otros.

En los primeros años del fútbol de San Luis, protagonizó el primer clásico local con Sportivo Estudiantes. Con la fundación de Defensores del Oeste en 1942, este se convirtió en el gran rival.

El 29 de diciembre del 2000 la Legislatura sancionó la Ley N° 5227 a través de la cual se cedió una parcela en la que se encuentra el predio “20 de Agosto”.

Este año el equipo de primera división ascendió al Torneo Regional B.

La vida deportiva abarca el desarrollo del fútbol infantil y juvenil. Incluso tiene un equipo femenino que participa en la Liga Sanluiseña.

La institución posee divisiones infantiles y mayores.

“La presencia del club es fundamental porque contribuye a mantener alejados a los chicos de malos hábitos”, señaló Puglisi.

Gastón Heredia, un comerciante y fanático del Sporting describió como “únicos e inigualables” los sentimientos de los hinchas por el club.

“Somos enfermos del color blanco y negro, somos victoriosos, uno debe vivirlo para saber de qué se trata”, aseguró.

El blanco y negro son los colores elegidos por la mayoría de las personas del barrio.

Heredia es también anfitrión cuando se reúnen en su local para “hacer la previa a la canasta” con asado y música. Es la ocasión ideal para ensayar los ritmos de las canciones de la cancha.

Su fanatismo se comprueba en que viste en forma permanente la camiseta, la indumentaria de los empleados posee el escudo y en el local hay un póster colgado. A ello se suman los bombos con las siglas y banners con las inscripciones del club.

En el “Juan Carnevale”  laten “los corazones victoriosos”.

La pasión por el Sporting se encuentra prácticamente en cada esquina.

Nota: Julián Pampillón y Nicolás Gatica Ceballos; Video: Víctor Albornoz; Edición: Nicolás Miano; Fotos: Marcos Verdullo.

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